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Los pobres poderosos

Los pobres poderosos

Columnas jueves 05 de febrero de 2026 -

De todos los abyectos rasgos del espíritu de la época (y los hay de sobra), quizás el peor de todos es el victimismo de los poderosos. Autócratas descarados o populistas autoritarios que desprecian la ley, y que han subvertido las instituciones de sus países para aferrarse al poder, o que mantienen una dictadura añeja "como las de antes", todos comparten un estatus de privilegio que nutren con una demagogia inverosímil para cualquiera que vea más allá de su resentimiento.


Por eso Donald Trump puede plantarse en una tarima surreal a decir que todos los países del mundo "han abusado" de Estados Unidos, cuando esa nación prácticamente escribió el manual de la colonización a distancia y obligó al resto del mundo a la interdependencia económica que hoy utiliza como arma. Por eso Vladimir Putin puede sostener una narrativa doméstica en la que Rusia ha sido la víctima humillada por vecinos y conocidos, hasta en problemas que se resolvieron, en su momento, con la fuerza bruta (Rusia, for fuck' s sake!).

Por eso también, a nuestro modesto nivel, teníamos un presidente que seguía asumiéndose como víctima de la "mafia del poder" cinco días a la semana, en su programa de variedad, al tiempo que gobernaba con las mayorías más indiscutibles que ha tenido México en casi medio siglo. Creo que parte del problema está en el pensamiento mágico de la identidad, y la obligación que se ha impuesto al mundo entero a proclamar que importa más ella que la realidad objetiva. Es decir, si un billonario criminal y taimado, como Trump, dice que él se identifica como víctima de lo que sea, entonces es una víctima y ya, que se lo trague quien haga falta. Y esto no va a gustar en las comunidades progresistas, pero no importa demasiado; cuando un axioma cultural se arraiga, quien lo promovió no puede elegir quién lo utiliza, cómo y hasta dónde. Por supuesto que lo intentan (la denuncia de apropiación cultural, o semántica, es frecuente), pero en lo importante fracasan, y por eso tenemos dictadores cínicos y llorones.

Lo malo de nuestra iteración demagógica es la escala, por un lado, y el grado de contagio, por otro. Cuando un arsonista político logra detonar en su base el sentido de exclusión, de lo que sea, fácilmente puede crear una taxonomía donde las personas se asuman, también, como pertenecientes a una colectividad que no puede estar equivocada, o donde el error es irrelevante frente a los agravios supuestamente sufridos durante mucho tiempo. Comerciar en términos igualitarios es “subsidiar” al país más pequeño, migrar es un acto criminal y por tanto se aborda mediante la fuerza letal, la integridad territorial de un país es un abuso contra tal o cual imperio de los ancestros sanguinarios, y hay que rectificarlo. 



La realidad se ha doblegado ante la autocomplacencia, y los electorados parecen contentos con ello. El victimismo de los poderosos—esa mezcla de nostalgia por un orden imperial idealizado y de irresponsabilidad infantil ante los propios actos—no es un síntoma; es una estrategia que ha logrado convertir la crítica en amenaza, la duda en traición, y la responsabilidad en algo que se traslada como el IVA, y acaba pagando el más débil. La culpabilización de las víctimas de homicidio por el ICE en Minneapolis es un ejemplo fresco y repugnante.
 


Rabia fingida de quienes lo tienen todo, abanderando miseria espiritual de quienes dicen representar, desprecio absoluto y abierto por las reglas, cualquier regla, que pretenda imponer un estado que no sea el de la cadena alimenticia. Son hobbesianos que se quedaron en el primer capítulo, y no saben cómo termina el asunto de las batallas campales. Mark Carney, el primer ministro de Canadá, pronunció un discurso en Davos que, para variar, vale la pena escuchar con atención. Entre otras cosas dijo que el orden mundial siempre ha sido asimétrico y las potencias medias, los aliados, etcétera, siempre supieron (y consintieron) que las reglas se aplicaban con doble rasero. Lo que ha cambiado es que dos o tres autócratas, por ignorancia o demencia, creen que hasta ese orden convenenciero y favorable a las grandes potencias era un arreglo innecesario. Lo que pretenden es dinamitarlo, y no está muy claro para qué, porque la destrucción, para un canalla inescrupuloso de 80 y tantos años y sin brújula alguna, es un fin en sí mismo.

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