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¡Maldito cubrebocas!

¡Maldito cubrebocas!

Columnas miércoles 19 de agosto de 2020 - 00:45

Por Ramsés Villalpando

Las calles de la Ciudad de México lucen llenas. Enfrentar una travesía en el primer cuadro te hace parecer, por un momento, que todo fue un sueño, una pesadilla y que todo volvió a la normalidad. Sin embargo, comienzas a sentir el bochorno y la dificultad para respirar ¡El cubrebocas! Esa maldita necesidad de tener un filtro en tu rostro que te pueda salvar del enemigo invisible. O por lo menos eso esperas, después de tanta desinformación y opiniones encontradas.
Sin embargo, a mucha gente parece no molestarle la idea de ir sin él. Muchos quieren, al estilo de Miguel Bosé, demostrar un poco de rebeldía y rechazo a la necesidad de ir con un bozal, lo cual es totalmente válido. A veces, esa idea coquetea conmigo, debo confesarlo. Sin embargo, pienso en los tantos que han perdido a alguien y a los miles que se arrepienten de su antigua postura. Y me resigno a usarlo, sin quererlo, pero lo uso.
Una de las razones por las que lo uso, en contra de mi voluntad, es por respeto. Respeto a los miles que desearían estar en casa resguardados y que no tienen opción más que salir a enfrentar esta crisis económica sin precedentes. El cubrebocas es el símbolo de la asfixia económica en la que estamos ahogados casi todos. Quebraron negocios, empresas, familias, incluso, aunque no lo quieran reconocer, el gobierno.
Ahora, esta nueva normalidad nos exige salir a generar recursos, porque las arcas están vacías. La única quiebra que pudo convencer a las autoridades a reabrir la economía, fue la propia, la quiebra de la hacienda pública. En esta pandemia, como muchos lo dijimos desde el principio, la cuarentena era un lujo que México no se pudo dar. Google Maps nos evidenció, teníamos que salir a escondidas a ganarnos la vida a como diera lugar. El problema fue que el dinero se escondió, ese pequeño porcentaje de personas que concentran la mayoría de la riqueza en nuestro país sigue en casa, gastando en Amazon, comiendo en Uber, bailando en TikTok. La situación se resume muy fácilmente, todo aquel que se queje de las multitudes es un privilegiado que se puede dar el lujo de señalar desde casa. Es verdad, la gente no entiende; pero tampoco, los que la culpan.
De todo esto concluyo que hay dos tipos de personas que no usan cubrebocas, los que decidieron no vivir atemorizados y los que aún tienen como costear su miedo. ¡Maldito cubrebocas! Eres el último santo al que le rezo. Más vale que funciones, de lo contrario, muchos soldados caídos, soldados que están saliendo a enfrentar la batalla contra el colapso, habrán muerto en vano en una guerra que nadie más quiso pelear.

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