Me resulta difícil, por ahora, entender la motivación de la Presidenta para haber impulsado y operado ella misma una reforma electoral como la que está naufragando en el Congreso. Simpatías o antipatías aparte, casi todos los que ven la política sin cobrar por ello, reconocen que había sido inteligente y prudente desde que asumió el cargo. Y es que su primer año no la tenía fácil, porque el reto era que la tomaran en serio y de forma independiente de su predecesor, tanto los actores políticos como la opinión pública. Para ello tuvo que barrer algo de escombro del obradorismo más cínico e irrespetuoso, aunque no creo que esa fuera su prioridad. Siguió manejando las conferencias diarias con la retórica de molde de la 4T, pero sus decisiones, sus programas y hasta sus confrontaciones, han tenido más racionalidad y temple, que resentimiento jactancioso como el que supuraba el otro. Ahora bien, la mayoría calificada en ambas cámaras, que este sexenio solo se ha notado en la aprobación de la reforma judicial, es un instrumento poderosísimo de gobernabilidad, y no solo porque puede cambiar la constitución a voluntad, sino porque a veces basta la amenaza latente de esa posibilidad, para que muchos accedan a negociar por las buenas.
En ese punto, la estrategia de gobernabilidad, que hasta entonces parecía un apéndice lógico del andamiaje institucional, empezó a mostrar grietas. Los consensos fueron quedando a mitad de camino entre la urgencia de aprobar una medida que consolidara un proyecto y la resistencia de actores que veían en la reforma no solo una modificación constitucional, sino una redefinición de alianzas y rentas políticas. Cada veto, cada negociación, se convertía en un símbolo: ¿hasta qué punto la reforma era un instrumento de cambio real o una táctica para asegurar la permanencia del grupo en el poder?
La Presidenta, consciente o no de ello, se encontró en un cruce de caminos equivalente al de cualquier liderazgo que ha pretendido dejar una marca duradera: ¿seguir avanzando con un plan que podría desbordarse en sus propias trampas o ceder ante la lógica de la moderación y el compromiso, sabiendo que ese giro podría interpretarse como debilidad? No hay respuesta única que satisfaga a todos, porque la política, en su esencia, es el arte de navegar entre prioridades mutuamente excluyentes y entre promesas que deben convivir con la realidad del terreno.
¿Pero porqué con esto? ¿Porqué ahora? Morena ni siquiera necesitaba esta Reforma para conservar la mayoría en las cámaras.
Lo peor es que el tema electoral es de los pocos que todos los políticos de todos los partidos, toman muy personal. Si la reforma se hunde, no será por las objeciones técnicas sino por las disputas partidistas... entre aliados que no habían mostrado indisciplina. Será también el agotamiento de una narrativa que, en algún momento, dejó de ser meramente explicativa para convertirse en exigencia simbólica: que todo cambie para que nada permanezca igual, o que ciertas estructuras de poder permanezcan intactas para asegurar ciertas ventajas. En esa tensión, la Presidenta se verá obligada, quizá más pronto que tarde, a redefinir no solo su táctica legislativa, sino su propio horizonte político
Así, desgastar los partidos aliados de quienes depende esa mayoría, presionándolos para que apoyaran su sentencia de muerte, no hace sentido. Estamos hablando del PT y el Verde, partidos cuya historia y supervivencia ha estado íntimamente ligada al uso pragmático y oportunista, pero genial, de las reglas de plurinominales, las coaliciones sexenales, los dados cargados al interior del partido y las administraciones familiares a nivel municipal. Pedirles que voten contra todo eso, es irracional en todos los flancos, aunque sea muy democrático (que no necesariamente lo es, además). Luego de este fracaso, algún manotazo tendrá que dar para contener los daños y frenar la erosión de la autoridad presidencial. Y tendrá que ser contra sus propios funcionarios, correligionarios o aliados. Por eso digo. Que no se entiende.