En México, si naces en zonas rurales tienes muy limitados planes de vida: ser agricultor para el autoconsumo, ser maestro normalista o ser militar. Otras opciones son migrar o trabajar para grupos criminales. Miles de personas que integran nuestras Fuerzas Armadas provienen de las zonas más vulnerables de nuestro país, sin vínculos económicos o sociales que les permitan tener mejores expectativas de vida. Aquí, a diferencia de otros países de América Latina, las élites económicas o políticas del país no envían a sus hijas e hijos a estudiar para ser militares.
Ser militar en México te permite sortear la vida si naciste en condiciones de alta vulnerabilidad: tienes techo, comida, un ingreso fijo, servicio médico y la posibilidad de obtener ascensos conforme a tu mérito hasta cierto nivel. Ya para los cargos más relevantes, la política y tu suerte definen tu futuro.
En contraste, ser policía en México es vivir en la vulnerabilidad constante: no tienes certidumbre laboral, tienes servicios médicos precarios o nulos, regularmente no tienes seguro de vida y los ascensos desde los escalones más bajos están condicionados por factores externos a tu rendimiento profesional. En muy pocos gobiernos ha sido prioridad tener policías profesionales. En este escenario, a nivel federal se ha desmantelado lo que se construyó durante los últimos 25 años. Hoy muy pocas policías estatales y municipales escapan a la tendencia nacional de constante precarización.
Pero los caminos de los militares y policías se entrecruzan y hermanan. Cotidianamente se registra el asesinato o desaparición de policías-guardias nacionales-militares. Despreciadas las policías civiles y eliminadas las diferencias entre la Seguridad Nacional y la Seguridad Pública, el Ejército acumula responsabilidades incompatibles con su razón de ser. Los militares han sido entrenados para cuidar al Estado mexicano de amenazas externas, no para perseguir delitos, construir caminos o fletarse ocurrencias. No pueden ni deben seguir siendo todólogos. Por su parte, los policías no pueden seguir siendo los abrepuertas de oficinas o carga portafolios del gobernante en turno. Que militares y policías realicen sus actividades naturales: los primeros cuidar al Estado mexicano de amenazas externas, y los segundos a cuidar a la población de la criminalidad.
Necesitamos militares y policías de Estado que vean por el interés público, y para ello requerimos cuidarlos y supervisarlos, que las miles de mujeres y hombres que cotidianamente nos protegen merecen ser tratados con dignidad. La tropa no está contenta, porque los uniformen del color que sea, los zarandean con caprichos que les cuestan la vida. Por ello urge una política de Estado que cuide de nuestras instituciones de seguridad y de las personas que lo integran. Si no lo hacemos, nos arrepentiremos más pronto de lo imaginado.
Aquí puedes donar a las personas desplazadas en México y el mundo: Cáritas https://bit.ly/3uBn3W9, ACNUR https://bit.ly/3qOvT1T).