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Columnas jueves 10 de julio de 2025 -

El conocimiento mitológico es un tipo de conocimiento. Ofrezco disculpas anticipadas por la redundancia, pero no es ociosa. Nuestra formación es a la vez positivista, superflua, convenenciera y acrítica. Esa grotesca ensalada da como resultado la autolimitación en el marco de referencia a través del cual vemos el mundo y, más importante, cómo nos lo explicamos. La mitología, para ser tal, no es mera fantasía, ni creencia primitiva (aunque algunos mitos hayan empezado así, como creencias). El mito es una reflexión sublimada de una sociedad, sobre sí misma, sobre sus anhelos o sobre sus verguenzas. También es una forma de hacer sentido sobre lo que no puede explicarse o sobre lo que no quiere aceptar. Y el tipo de explicaciones mitológicas cambian con el tiempo; el siglo XXI tiene las suyas, como la meritocracia fundacional de los ricos, la voluntad unívoca del Estado, la magia del mercado para asignar recursos con justicia, y otras. Una menos racionalizada pero muy presente es la teoría de la conspiración, popular entre los populistas (los que votan y los que gobiernan). Ante el caos que se nos presenta cotidianamente, donde los problemas son insalvables por su complejidad (la pobreza en el mundo, la vialidad en la CDMX, la drogadicción recreativa en los países ricos) o porque no hay incentivos para resolverlos (la parálisis legislativa en cualquier democracia dividida), siempre es útil la creación de una entidad o un pequeño grupo de personas que “jalan los hilos” de la realidad entera. Todos tenemos un conocido gritón y sonámbulo que se comporta como si los demás tuviéramos un velo que nos impide ver lo obvio (que él si ve, naturalmente), y que ve fuerzas malignas pero deliberadasen la sucesión del papa, la inflación de la tortilla, la guerra de Ucrania y los partidos de la selección nacional. Lo más ridículo es que esta pereza mental (que no es otra cosa) encuentra eco en los programas de noticia, los libros, la prensa y los influyentes de las redes sociales, materiales todos con los que una enorme cantidad de personas “forma” su propia opinión. Hace unos días, una amiga mía me compartió la columna de un señor Levy, que es muy leído, en la que afirma con aplomo las innegables conexiones - según él - entre el régimen político de Irán, los estudiantes latinos matriculados en EU que protestaron contra el genocidio en Gaza, el grupo de Puebla y los manifestantes contra la gentrificación de la colonia Roma. No es broma.

Lo anterior para deslegitimar todos los movimientos en contra de los que son desplazados porque no pueden pagar sus rentas, que además - dice - son moléculas de una cortina de humo para distraernos de lo “realmente importante”, que según él también, es “lo de Ovidio”. Ah, y que lo que gentrifica realmente son “los narcos”.

Lo malo de ese batidillo de incoherencias es que, por un lado, no puede explicar aspecto alguno de la realidad verificable, como el hecho de que las casas de 500 metros cuadrados en algunos municipios de Sinaloa se venden en 500 mil pesos porque nadie quiere vivir ahí, y el primer cuadro de la CDMX, ocupado por extranjeros de corta estancia, ha triplicado sus precios. Por otro lado, propone un criterio bastante estúpido para acomodar temas en la agenda nacional y la discusión pública, porque la precarización de la vida de miles de personas y la falta de regulación de la vivienda en una megalópolis tiene consecuencias profundas y duraderas, que trascienden afinidades políticas; su peso es mucho mayor que el destino de un individuo que colabora con el gobierno norteamericano para cualquier caso, por más escandaloso que sea. Pero el estilo conspiracionista no irá a ningún lado, porque es fácil para quien lo hace (es prácticamente dadaísmo cerebral), atractivo para quien gusta de las novelas de aeropuerto, y a todos otorga una tranquilidad momentánea de que por lo menos alguien, en algún lado, entiende y controla lo que pasa. Una especie de Dios voluntarioso, si se quiere. No es así; el mundo es complejo y la complejidad acarrea un margen de caos. Pero es mejor creer que son Irán y Puebla pactando con los manifestantes de la Roma. Porque obviamente.

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