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Patrimonio de ciudadanos

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Columnas viernes 11 de diciembre de 2020 - 01:15

Luis Monteagudo

La prudencia es la virtud política. Un de las más grandes preocupaciones de la teoría política clásica, esa que nos remonta a la mismísima Roma y a su basto imperio siempre versó en torno a cómo formar a sus élites de una manera perfectamente adecuada, para responsabilizarse de sus diversos dominios. La prudencia la podemos comprender como el conocimiento práctico que, fundado en la ejemplaridad, ofrece un criterio adecuado a cambios y excepciones, pues si existe algo que impera en la política, son las modificaciones inesperadas y caprichosas. La diosa Fortuna, es la emperatriz de un devenir al que las pasiones humanas modifican sin misericordia alguna.

Cuando hablo de “ejemplaridad”, me remito a los hechos de los grandes actores del pasado. No es gratuito que Roma fuera cultivadora apasionada de la disciplina de Clío. La historia enseña cómo otros seres humanos tuvieron que tomar decisiones; enfrentar luchas intestinas de una violencia inaudita; lidiar con catástrofes naturales de consecuencias casi exterminadoras; lanzar y soportar guerras en mundo donde normalmente la pérdida representaba la esclavitud o la aniquilación total; soportar tiranos y sus regímenes demagógicos. Los demagogos son un tópico muy estudiado en las enseñanzas del Aristóteles de la Política, y al Séneca de sus Epístolas y Diálogos.

La Historia nos ha legado textos inmortales: La historia de Roma desde su fundación, de Tito Livio; Los análes del Imperio Romano, de Tácito; Las vidas paralelas, de Plutarco; La guerra de los Judíos, de Flavio Josefo; Las historias de Polibio, etc. La historia nos surte de un arsenal riquísimo de enseñanzas. La vida de los seres humanos, es más vieja que nuestras soberbias sociedades contemporáneas, creer que estamos descubriendo el hilo negro de las cosas, en especial de los apasionamientos humanos, es completamente falso.

Leyendo a los antiguos, no solamente nos adentramos a un universo que en parte es nuestro. Los occidentales sí tenemos mucho qué reprocharnos a nosotros mismos, pero también tenemos mucho sobre qué enorgullecernos, y una de las heredades que inflaman nuestras glorias, es precisamente el acervo humanístico que nos ha hecho reflexionar, sobre todo, incluso, a propósito de las características de los gobiernos demagógicos y cómo combatirlos efectivamente.

La prudencia nos insta a actuar con cuidado, con suficiente mesura ante los embates, evitando incurrir en extremos, y como dirá Aristóteles, encontrarnos en el punto medio de los extremos. Sin embargo, también nos insta a actuar, a defender nuestras instituciones, nuestras leyes, nuestras libertades, pelear con ese orgullo republicano que jamás perdió la ciudadanía del imperio del que desciende nuestro pensamiento, del que heredamos ese sentido dignatario, promotor de aspirar a una vida civil mejor, a una vida vivible en donde la política es el modus vivendi del ciudadano, y ese espacio se defiende con la vida.



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