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Perdí mi cuerpo

Perdí mi cuerpo

Columnas jueves 05 de diciembre de 2019 - 02:17

Una mano cercenada se levanta atolondrada y se escapa de un refrigerador de laboratorio. Entre restos humanos y aparatos quirúrgicos busca a su dueño. El cuerpo de donde fue desprendida y el cual vemos en la escena con la que abre el filme: un joven moreno tirado en el piso y chorreando sangre. Se llama Naufel.
El camino lógico sería explicarnos por qué este joven perdió la mano y por qué ésta cobra vida, pero el filme de Jérémy Caplin no se maneja en la lógica ni en lo evidente, cual fabula de los hermanos Grimm, y en esta fábula animada, con sus trazos inconclusos, con la sobriedad de sus colores, es igual de intensa, profunda y elucubradora que aquellos cuentos antiguos con moraleja.
Entre la aventura de la mano cercenada buscando el regreso a su cuerpo, y la esperanza nuestra de que lo encuentre se cuenta la historia de vida de Naufel, un joven repartidor de pizzas que siempre llega tarde a las entregas y recibe los regaños de su jefe.
El repartidor nunca imaginó terminar en donde terminó. Vivió con unos parientes lejanos, durmiendo en un colchón el piso y dejando de lado su sueño de ser astronauta o concertista de música clásica. En una de las entregas, tarde también, conoce a una mujer llamada Gabrille, que en el interfono del edifico le reclama el haber llegado 20 minutos después de la hora que tenía que llegar, entre el reclamo por la tardanza y la lluvia estos comienzan a conocerse y el a enamorarse.
Caplin va y viene entre flashbacks que se van a blanco y negro cuando nos cuenta la niñez de Naufel con sus padres y la tragedia que cayó sobre ellos. El suspenso de las escenas de la mano y los peligros que deberá surcar ya sea las inclemencias del tiempo, los peligros de las calles y sus inclemencias del tiempo, los techos de los edificios y sus palomas, el transporte público y sus ratas, son un deleite tanto visual como sensorial. Caplin en su inteligencia con el lenguaje cinematográfico, sabe cuándo cortar la imagen, donde poner la cámara, y como utilizar apropiadamente la hermosa musuca de Dan Levy.
La mano mira, siente y huye del peligro. Mientras lo hace recuerda, y mientras recuerda nosotros nos identificamos. ¿Quién no ha abandonado un sueño por culpa de las circunstancias? Porque querer no siempre es poder. Porque los sueños a veces quedan en eso, en sueños, como el astronauta que nunca fuimos, el músico que llena estadios. Fracaso o no, eso ya dependerá de uno, pero a veces no nos queda otra más que gritar al aire – por catarsis y necesidad- suspirar y seguir adelante.

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/CR

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