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Peso caro y dólar barato, toma y daca

Peso caro y dólar barato, toma y daca

Columnas jueves 28 de septiembre de 2023 -

El peso se aprecia frente al dólar, y cien mil fanáticos pro bono en redes sociales (no hay más, pero están activos todo el día) dicen que es prueba irrefutable del discurso gubernamental de “ellos y nosotros”, el pueblo contra los de arriba, de la imbecilidad irredimible de los que están del lado equivocado de la historia. El peso se deprecia la semana siguiente, y entonces salen los otros cien mil, cortados con la misma tijera del narcisismo tribal, a decir que ahora sí ya se les acabó su teatrito, que la economía mexicana está sostenida con alfileres, y que la Nueva Venezuela no sé qué. Lo bueno de que los extremos estén fijados de manera tan clara y sean tan estúpidos, es que podemos ubicarnos más fácil fuera de ellos y en el terreno, no de la moderación, que este no es un tema de gula, sino de la lucidez voluntaria, rehusando que una sola idea, expresada a gritos o a golpes, nos permita explicarnos el mundo y darnos tranquilidad sobre nuestras posiciones morales.

La economía es una ciencia social un poco trágica, en tanto que, de entrada, es una ciencia social, y no matemática, pese a la multitud de números que utiliza para todo. Eso quiere decir que sus resultados son aproximativos, y siempre con un margen de error. Sin embargo, tampoco es pura adivinación ni superchería. Básicamente su drama consiste en que su parte predictiva sólo aplica para modelos diseñados bajo supuestos que siempre se desvían, poco o mucho, de la realidad que luego ocurre; y su parte explicativa a posteriori funciona mejor porque trabaja con los supuestos que realmente ocurrieron.

Esto no es una trivialidad, porque es la dimensión predictiva de la economía con base en la que los actores importantes toman decisiones, desde las autoridades de política monetaria hasta los especuladores que hacen moverse al mercado de valores, incluyendo las divisas.

Así, la dinámica económica es en parte caprichosa, en parte manipulable, y en parte lógica. Esto, en conjunto, hace que en las apuestas ganadoras haya parte de conocimiento técnico, parte de posesión de información privilegiada (de lo que piensa hacer la autoridad, o los grandes especuladores) y en parte intuición educada. Por eso hasta los mejores fallan y hasta los peores le pegan a veces. Triste.

El preámbulo anterior sirve para ubicar lo que será uno de los temas recurrentes de aquí a que se consolide el nuevo gobierno federal, es decir, septiembre de 2025; a saber, el aparente colapso inminente del peso frente al dólar. Y aquí es donde se pone complicada la explicación (la predicción se vuelve más bien imposible o inútil, porque no se sabe cuándo):

Quienes tenemos más de 40 años no estamos acostumbrados a oír de apreciación del peso frente al dólar. De hecho, parece una treta o una errata. Lo cierto es que la economía de México no tiene nada que ver con la que había hace 25 o 30 años. Y no hablo de su tamaño o solidez (siempre relativa) sino de sus componentes y estructura.

Hasta los años ochenta del siglo pasado, la economía nacional y gubernamental dependía sobremanera del petróleo producido por PEMEX y de sus precios internacionales. Ahora está más matizado este asunto, pues PEMEX es una carga financiera innegable pero los precios del petróleo altos crean un superávit en los ingresos contemplados y los bajos pueden afrontarse en general.

La economía mexicana siempre ha estado ligada a Estados Unidos, pero ahora es un componente esencial de la misma (eso lo dijeron ellos, durante la pandemia, para solicitar oficialmente que siguieran trabajando las armadoras de autos, no es una licencia retórica). Eso quiere decir que, xenofobia aparte, saben que para que su economía esté bien, la nuestra no puede estar tan mal. Hay una interdependencia asimétrica pero real, totalmente distinta a la dependencia de las exportaciones de bienes de capital y dinero de préstamos del siglo XX.

Dicho lo anterior, México ha sido los últimos tiempos un beneficiario colateral del pleito entre Estados Unidos y China, porque las apuestas contra economías y monedas específicas benefician a otras (en este caso a todas las de la región, salvo a la de Argentina, que no tiene remedio). Pero una apuesta es siempre una burbuja, y cuando revienta hay catástrofe y luego normalización, que siempre es a la baja; tarde o temprano, lo que hace sentido, es que el dólar se aprecie, o, dicho de otra manera, que el peso se deprecie. ¿Cuánto y cuándo? Esa es la pregunta.

Es cierto que el gobierno ha sido sumamente cuidadoso con ciertas variables para no provocar una crisis económica inevitable, como respetar la autonomía del Banco de México, para controlar la inflación, y ser prudente (aunque este último año lo será menos) para extender la deuda pública y usar las líneas de crédito con organismos internacionales. Pero eso es como decir que gracias a mí los jarrones de mi casa existen, porque no los he tirado. Es medio falaz.

Lo que hace más sentido, políticamente, es que suceda hasta que cambie el gobierno, pasadas las elecciones e inclusive ya concluido el sexenio, porque si gana el mismo partido, como parece más probable, será con el resabio de su aprobación popular con lo que llegue a gobernar la nueva presidenta. Pero no necesariamente está en manos del gobierno controlar esos tiempos. Lo que es inevitable ver, también, es que luego de la depreciación no habría una política de choque total, como en 1995, sino quizás como el sexenio pasado (que si ya se nos olvidó, vio una depreciación del peso de 57%, de $12.962 MXN a $20.453 MXN, alcanzando un máximo de $21.9298 MXN 11 de enero de 2017.

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