El derrumbe de un edificio en proceso de demolición en la colonia Tránsito, en la alcaldía Cuauhtémoc, volvió a colocar sobre la mesa una realidad que la Ciudad de México no puede ignorar: la fragilidad de muchas estructuras que han sobrevivido a décadas de sismos, deterioro y mantenimiento insuficiente.
El colapso ocurrió cuando tres losas de un inmueble ubicado sobre la calzada San Antonio Abad se desplomaron mientras se realizaban trabajos de demolición. El accidente dejó trabajadores atrapados entre los escombros y activó un operativo de rescate que movilizó a bomberos, personal de protección civil y equipos especializados. Más allá del hecho inmediato, lo ocurrido expone un problema estructural mucho más amplio.
La capital del país está construida sobre una zona sísmica compleja. La memoria colectiva guarda todavía el impacto del terremoto de 1985 y, más recientemente, el del 19 de septiembre de 2017. Ambos eventos marcaron la historia urbana de la ciudad y dejaron miles de edificaciones con distintos niveles de daño.
En muchos casos, esos daños no desaparecen con el paso del tiempo. Por el contrario, se acumulan. Un edificio que fue afectado hace décadas puede seguir deteriorándose lentamente hasta convertirse en un riesgo. El inmueble que colapsó en la colonia Tránsito es un ejemplo de ello. Existen algunos edificios que aún tienen afectaciones estructurales desde el sismo de 1985 y sus condiciones se agravaron tras el terremoto de 2017.
Esto plantea una pregunta inevitable: ¿cuántos edificios más en la ciudad arrastran daños estructurales que todavía no han sido evaluados con profundidad?
La Ciudad de México cuenta con normas de construcción avanzadas y con protocolos de revisión posteriores a los sismos. Sin embargo, la magnitud del parque inmobiliario capitalino —con millones de viviendas y miles de edificios antiguos— hace que la supervisión permanente sea un reto enorme.
La experiencia reciente demuestra que no basta con reaccionar después de un derrumbe. Es indispensable fortalecer los mecanismos de inspección preventiva. Revisar edificios no debe verse como una medida extraordinaria tras un temblor, sino como una política permanente de seguridad urbana.
También es necesario garantizar que los procesos de demolición se realicen bajo estrictos controles técnicos. Cuando una estructura ya representa un riesgo, su retiro debe hacerse con procedimientos rigurosos y supervisión profesional, pues incluso el proceso de demolición puede convertirse en un momento crítico si no se ejecuta correctamente.
La ciudad enfrenta hoy una nueva etapa sísmica tras los movimientos registrados en 2026. Estos eventos, aunque de menor magnitud que los de 1985 o 2017, son recordatorios de que el subsuelo capitalino sigue activo y de que las estructuras envejecen.
Prevenir tragedias exige mirar el problema con seriedad. No se trata solo de responder a emergencias, sino de identificar riesgos antes de que se conviertan en desastres. En una metrópoli del tamaño de la Ciudad de México, la seguridad estructural no puede depender de la suerte. Debe ser resultado de vigilancia constante, responsabilidad institucional y una cultura urbana que entienda que cada edificio también es una cuestión de protección civil.
¿Y tú, qué haces para prevenir un derrumbe de tu hogar? Me interesa tu opinión, escribeme en redes sociales, aparezco como @federicoreyestv