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Sin elecciones libres no habrá paz

Sin elecciones libres no habrá paz

Columnas martes 08 de noviembre de 2022 -

Elegir es algo natural a los seres humanos: nos ha permitido sobrevivir y estar en donde hoy estamos. Durante miles de años, cuando éramos manadas de cazadores-recolectores, nuestras organizaciones contaban apenas con un centenar de personas, pero eso cambió cuando empezamos a ser sociedades agrícolas. Así sucedió en todo el mundo: la idea de cómo fundamentar el poder de unas personas sobre otras.

Durante miles de años, el poder se justificó como un atributo divino: uno o varios “dioses” designaban a una o varias personas como las “elegidas” para gobernar; quienes podían decidir todo sobre la vida de sus gobernados, incluyendo cuánto vivirían y cómo morirían. Por ejemplo, en la vida de los pueblos originarios de lo que hoy es México, un imperio hegemónico imponía su ley a sangre y fuego, justificando su actuar en un derecho divino. Y lo mismo pasaba del otro lado del mar, pero basado en otro Dios.

De esta mezcla de imperios teocráticos nació México, que casi todo el siglo XIX se pasó en guerras por acceder al poder. La Pax Porfiriana se evaporó para tener una cruenta guerra civil con miles de muertos y millones padeciendo hambre. Pacificado el país y relegados los militares a los cuarteles, el partido del gobierno (PNR-PRM-PRI) corporativizó la vida pública para controlar todos los nombramientos políticos y el presupuesto público. Conscientes que el modelo no daba para más, en 1977 se abrieron mayores espacios de participación política, pero no los suficientes como para perder el poder. Fue hasta 1996 que el gobierno dejó de organizar las elecciones en México para que las organizara la ciudadanía. Así nació el IFE, hoy INE. Desde entonces, millones de personas hemos contado el voto de la ciudadanía en nueve elecciones federales y centenares locales; y nos guste o no quien gane, se respetan los resultados y las personas elegidas se van al terminar su mandato. Hoy el gobierno quiere que el “pueblo” sea quien organice y dirija las elecciones, pero ¿quién está detrás del “pueblo”? ¡El mismo gobierno!

Por ello es tan nociva la propuesta de reforma electoral del gobierno, porque quiere quedarse con todo el poder por tanto tiempo como le sea posible: silenciando las minorías, acabando con la división de poderes y empobreciendo a la mayoría. Ya lo estamos viviendo: vemos cómo desdeña los reclamos sociales por justicia y seguridad; cómo amenaza a quienes no apruebe sus iniciativas o revocan sus decisiones; cómo destina el presupuesto público a caprichos y clientelas políticas, y no a medicinas o desarrollo económico. Las “corcholatas” han demostrado que la sumisión hasta el ridículo será la única carta de presentación para escalar al siguiente peldaño del poder. De aprobarse la reforma, se puede esperar que si la ciudadanía no opta por “La corcholata”, será el “pueblo-gobierno”, quién, como sucedió en 1988, corrija la plana.


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