El turismo mexicano atraviesa una etapa de madurez. De ser un motor económico basado en el volumen de visitantes, busca transformarse en un instrumento de bienestar social, sostenibilidad e inclusión. Hoy, la mirada gubernamental —encabezada por la mandataria Claudia Sheinbaum— apunta a un turismo con propósito, capaz de equilibrar la derrama económica con el respeto ambiental y el desarrollo regional.
México sigue entre los destinos más visitados del mundo. Según la ONU-Turismo, en 2024 ocupó el sexto lugar global, sólo detrás de potencias como Francia, España, Estados Unidos, Italia y Turquía. El sector aporta cerca de 15% del PIB y genera más de siete millones de empleos, de acuerdo con el Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC).
El auge turístico ha permitido detonar infraestructura, telecomunicaciones y transporte en regiones antes marginadas. Sin embargo, el crecimiento trae consigo un dilema: ¿cómo garantizar que el desarrollo no erosione lo que hace de México un destino único? La respuesta está en el modelo que privilegia la sostenibilidad, participación comunitaria e innovación social.
En esa dirección, la Secretaría de Turismo impulsa proyectos como la Cartera de Inversión Turística, el Distintivo de Turismo Comunitario, la Estrategia Nacional de Turismo Deportivo y el programa “La Gran Escapada”. Todos buscan un mismo fin, distribuir la riqueza turística hacia nuevas regiones y reducir la desigualdad territorial. La meta es que el turismo deje de concentrarse en los grandes polos —Cancún, Los Cabos o Puerto Vallarta— y se convierta en una herramienta de justicia social.
El Plan Nacional de Desarrollo 2025–2030 refuerza esta visión con inversiones en conectividad —carreteras, trenes y aeropuertos—, además de fortalecer a Mexicana de Aviación. El propósito es unir al país con una lógica más equitativa y ofrecer oportunidades donde antes únicamente había rezago. La modernización del Aeropuerto Internacional “Benito Juárez” y la construcción de nuevas rutas ferroviarias, como parte de los compromisos presidenciales, son símbolos de esta nueva era.
Pero el turismo no solo es descanso o entretenimiento. El turismo de negocios representa una veta poco explorada: apenas 5% de los visitantes llega por motivos laborales. Impulsar congresos, ferias y convenciones diversifica la oferta; eleva el gasto promedio y, genera empleos mejor remunerados. México cuenta con ciudades con infraestructura de primer nivel —Guadalajara, Monterrey, Querétaro, León, Zacatecas— que podrían convertirse en nodos de innovación y atracción de talento.
El reto es diversificar la oferta, elevar la calidad del servicio, cuidar los ecosistemas y aumentar el gasto promedio del visitante. El turismo, bien administrado, debe convertirse en un motor de redistribución económica y de regeneración cultural. Se trata de generar condiciones para que las comunidades anfitrionas vivan mejor gracias a ellos.
En ese sentido, el futuro del turismo mexicano dependerá menos de los folletos o campañas de promoción y más de la coherencia con la que el país defienda su identidad, su naturaleza y su gente. Los números importan, pero el verdadero éxito no se mide en millones de llegadas, ni en una posición internacional, sino en la posibilidad de que un viaje transforme, tanto al visitante, como al país que lo recibe.
El turismo, bien entendido, no consiste en recorrer el mundo, sino en aprender a habitarlo con respeto. En reconocer que cada destino es un espejo de lo que somos, un territorio que florece cuando quienes lo habitan encuentran en él no sólo sustento, sino dignidad social. En México se entiende un turismo con propósito.
Periodista | @JoseVictor_Rdz
Premio Nacional de Derechos Humanos 2017