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Columnas
El crimen organizado está forzando la mano de la nueva presidenta para que ella abra sus cartas, tanto generales, como discursivas en materia de seguridad. Fue un día después de que se viralizó la decapitación del alcalde de Chilpancingo que presenta su estrategia en la materia, y también en lo que no dijo (refiriéndose a los detalles específicos de la ejecución del alcalde guerrerense) se afirma un estilo de comunicación. Ese hecho, y la escena puesta para que se mediatizara fácilmente, al estilo de las exhibiciones de atrocidades durante el calderonismo, produjo, al menos en parte, que las autoridades políticas mostraran sus cartas, haya sido esa la intención o no.
Una de las cosas que hay que recordar y se mantiene, en este sentido, es que cuando un evento se presenta con el grado de brutalidad y difusión de este caso, para la opinión pública se vuelve un tema netamente federal y, en ese sentido, presidencial. Ni la dimensión municipal ni la estatal juegan en la narrativa de este suceso para efectos de la responsabilidad. Los mexicanos asumimos, desde siempre, que lo federal no es un orden paralelo de gobierno al local, sino una instancia superior de acción política y administrativa. Y por eso también, desde el sexenio pasado, se volvió a la regla no escrita de que los gobernadores, cuando se requiere, son empleados del presidente y ya. Como en el aspecto recaudatorio, nuestro federalismo es a conveniencia.
El nuevo gobierno también tiene que lidiar con la redefinición del papel de unas fuerzas armadas que, si bien se han mantenido institucionales, han ido cambiando su vocación hasta volverse el único servicio profesional de carrera que es verdaderamente inamovible (el equipo de algunas personas nuevas en el gabinete llegaron a despedir, las primeras horas de su administración, a todos los mandos, sin preguntarles siquiera sus nombres, y fueran plazas de servicio profesional o no. Esto no se atrevería a hacerlo nadie en una corporación integrada por elementos militares.
Hemos dicho hasta el cansancio que un soldado no tiene nada que ver con un policía, en sus arquetipos. El primero está entrenado para combatir, no para prevenir ni disuadir a nadie de nada; el segundo tiene en su formación una dimensión de proximidad social y de arraigo en los territorios que cuida, y otras muchas cosas. Pero por otro lado, nadie ha analizado seriamente el perfil específico de las fuerzas armadas mexicanas, que ha sido moldeado por nuestra experiencia histórica. El hecho de que nunca hayan tomado por la mala el poder político, ni durante la moda autocrática de los 70s, y que lleven más de 36 años dedicándose a tareas de seguridad pública y protección civil, definitivamente nos obliga a recalibrar su perfil específico, porque resulta que no son soldados comunes y corrientes luego de generaciones enteras de estar haciendo otras cosas de las que hace un soldado normalmente.
Dicho lo anterior, en materia de combate al crimen organizado, el reforzamiento de regiones específicas por contingentes militares, sí se adecua al modelo militar tradicional, porque lo que se genera es una ocupación militar del territorio para abatir o replegar a una fuerza antagónica armada (un cártel, una banda, lo que sea). Esa ocupación es por su naturaleza, transitoria, y también por la estructura territorial mexicana, provoca que las células criminales se trasladen a otras regiones dentro del mismo país, donde tarde o temprano hay que mandar al ejército, y así, en un círculo vicioso (el efecto cucaracha, que le llaman, los que dicen que saben).
Lo más importante, y lo más grave también, es que México nunca ha sabido bien a bien qué quiere de su policía ni para qué se usa. El hecho de que la PGR haya tenido durante décadas su propia policía siendo una fiscalía (La Fiscalía General de Estados Unidos está conformada por puros abogados y criminólogos, no por policías), que periódicamente se reconozcan y se desconozcan a las autodefensas como coadyuvantes de la paz social, que las comunidades tengan una relación tan ambivalente con el mando único policial, son algunos de muchos ejemplos de esta crisis de identidad social hacia con la policía.
Fernando Escalante dice que el paréntesis civilista en la historia mexicana era solo eso, un paréntesis, que hoy se ha cerrado. Quiero pensar que es exagerado, pero lo cierto es que falta por consolidarse una dinámica de fuerzas y decisiones reales, tanto entre el ejército y el crimen organizado, como entre el ejército y el poder civil, incluyendo las policías y fiscalías estatales, y entre las aspiraciones electorales de muchos y las fuentes de dinero en efectivo que se requieren en cantidades industriales para competir en el delirante modelo normativo electoral, en el que todo se prohíbe y por ende todo se hace a escondidas. Todas estas son partes movibles dentro de un mismo sistema en que el dinero, la legitimidad y la dominación fluyen dialécticamente. Está muy denso, sí, pero por eso no funcionan las explicaciones simplistas. Porque no es simple, ya no.