@onelortiz
https://youtu.be/L5_0V90L5U4?si=7UfE4NfxiNZB1MId
A mí me gustan los ajolotes. Me parecen una especie simpática, casi entrañable. Su rostro da la impresión de estar siempre sonriendo, como si observara el caos de la ciudad con una calma imposible para los seres humanos. Son resistentes, silenciosos y pacíficos. No atacan a nadie, no representan amenaza alguna y, quizá por eso, despiertan una empatía inmediata entre quienes los conocen. Además, no son cualquier animal: son una especie endémica de la antigua cuenca lacustre del Valle de México.
Por eso me parece correcto que el actual gobierno de la Ciudad de México lo utilice como símbolo gráfico. Me agrada verlo en paradas de autobús, espectaculares, campañas institucionales o mobiliario urbano. Incluso confieso que si algún día lanzan placas automovilísticas con la imagen del ajolote, probablemente me gustaría tenerlas. Hay algo atractivo en asumir como identidad colectiva a una criatura tan ligada a la historia natural de la capital del país.
El problema comienza cuando la imagen del ajolote se convierte solamente en propaganda estética y no en una verdadera política de conservación ambiental. Porque mientras el gobierno imprime ajolotes en anuncios y carteles, el verdadero ajolote mexicano, se encuentra en peligro crítico de extinción en estado libre.
Esa es la contradicción central. La ciudad presume al ajolote como símbolo mientras su ecosistema continúa deteriorándose. Xochimilco, último refugio natural de la especie, lleva décadas padeciendo contaminación, urbanización irregular y abandono institucional. Los canales que alguna vez sostuvieron una compleja biodiversidad hoy sobreviven entre descargas residuales, basura y reducción del caudal de agua.
A ello se suma la introducción de especies invasoras como la tilapia y la carpa, peces que devoran huevos y crías de ajolote, alterando por completo el equilibrio ecológico. También existe un mercado ilegal que comercializa ejemplares para acuarios o consumo exótico. Es decir, el ajolote se volvió famoso en el mundo entero justo cuando más cerca está de desaparecer en libertad.
Hay que reconocer el trabajo de instituciones académicas como la Universidad Nacional Autónoma de México, cuyos investigadores han realizado censos, impulsado criaderos autorizados y desarrollado refugios temporales para preservar la especie. Sin embargo, esos esfuerzos científicos resultan insuficientes si no existe una política integral de rescate ecológico encabezada por los gobiernos federal y capitalino.
Lo importante no es convertir al ajolote en mascota política o en logotipo de temporada. Lo verdaderamente importante es rescatar el ecosistema que le da vida. Porque si el gobierno utiliza al ajolote como identidad gráfica, pero no dedica recursos suficientes para salvarlo, entonces todo termina reduciéndose a demagogia.
Y sería una tragedia profundamente mexicana: convertir en símbolo nacional a un animal que dejamos extinguir frente a nuestros ojos.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.