El barón von Humboldt dice de la Ciudad de México, en su Ensayo Político de la Nueva España, volumen I: “La capital, tal cual la han reedificado los españoles, presenta un aspecto acaso menos risueño, pero mucho más respetable y majestuoso. México debe contarse sin duda alguna entre las más hermosas ciudades que los europeos han fundado en ambos hemisferios” (Humboldt; 289). Y más abajo, el sabio prusiano la incluye entre San Petersburgo; Berlín y “algunos barrios de Westminster” -porque el resto de Londres no era tan agraciado-. La Muy Noble e Imperial Ciudad de México, ostenta un patrimonio innegable y magnífico.
Narra en sus Cartas la Condesa Fanny Calderón de la Barca, esposa del primer embajador español en México, la tremenda emoción por conocer “esa ciudad de la que todo el mundo habla” a la que describe como “orgullo y vanagloria de su conquistador, y antaño la más brillante de las joyas, entre muchas, de la corona española” (Calderón de la Barca; 59). Cabe resaltar que la Marquesa era de nacimiento escocesa, pero radicada en la culta ciudad de Boston, cuando casa con el diplomático hispano, trasladándose a una decimonónica capital mexicana que relucía entre todas, y a la que, durante la postrera invasión yanki, en 1848, cuando la prepotencia y racismo de algunos miembros del ejército invasor, bombardearon sus paseos sólo por la envidia que les generaba no tener algo semejante en su tierra originaria.
Ver con los ojos de viajeros extranjeros, afincados en un país al que no necesariamente sus herederos han valorado con justicia, nos hace tomar conciencia de lo que sí tenemos: una ciudad extraordinaria, que no merece los comentarios de cierto gorila ensoberbecido por su poder. Pero tampoco podemos ser ingenuos e ignorar lo que sus habitantes bien sabemos y que nutren prejuicios de sujetos poco formados y repletos de envidia o racismo.
Nuestra hermosa ciudad lleva décadas gobernada por una izquierda chatarra que ha ordeñado sus recursos para campañas políticas; que ha favorecido a grupos criminales para asaltar sus montañas, sus palacios y sus calles. El envilecimiento tercermundista con que los vendedores ambulantes degradan nuestra historia solamente es igual de asqueroso que el amamantamiento de recursos procedentes de la ciudad, para sufragar las campañas políticas del “mesías tropical”. Una desordenada inmigración que se apropia de terrenos federales alegando su particular bien, por encima de la ciudad, sus ciudadanos y sus leyes.
Claro que debemos condenar los insultos a nuestra grandeza, pero tampoco debemos encerrarnos en un cuento que no juzgue las fatales contradicciones que pareciera conceder veracidad a los infundios. Las narraciones respectivas de Humboldt y de Calderón de la Barca son testimonios serios y confiables, un parapeto contra la barbarie externa y la propia.