Nuestra era ha confinado a la política a un circo mediatizado en el que los actores sacrifican racionalidad por relevancia. Alguien dirá que eso siempre ha sido (los mejores discursos de Cicerón son los que articuló contra uno de sus enemigos políticos), pues la actividad pública, cuando es profesional, nunca ha desaprovechado la simulación, la propaganda y la descalificación; todas ellas, herramientas para exagerar las virtudes propias y los defectos del adversario. Todo eso es cierto, pero la política también ha sido más que eso. La construcción de leyes, instituciones, ciudadanos (de países, finalmente), ha implicado la apuesta por sistemas enteros de ideas, que asumen posiciones claras sobre la naturaleza humana, la vocación del Estado, el origen de la desigualdad, el uso de la fuerza pública contra particulares, y muchos otros tópicos que, en conjunto, nos sacan del terreno de la administración y nos llevan al terreno de la filosofía.
La democracia es uno de estos sistemas, y su esencia ha sido bastante controvertida. Desde las orientaciones minimalistas que la reducen a un conjunto de reglas procedimentales para alternar de gobiernos pacíficamente, hasta los que le niegan el calificativo de democrático a cualquier país que no sea Noruega o Nueva Zelanda, porque lo relevante, para ellos, es la calidad de vida de las personas apreciable sustantivamente. Pero una de las ideas que todos los estudiosos y prácticos de la democracia reconocen es la existencia legítima de la oposición y del disenso. Por eso lo primero que desaparece en las dictaduras es la libertad de expresión y la libertad de asociación, porque la discusión de ideas y la organización alrededor de ellas es el germen, no solo del descontento, sino de cualquier proyecto colectivo que vislumbre una realidad posible mejor que la que se vive en ese momento.
Por ello, también, es indispensable que los partidos y gobiernos democráticos, por más beligerantes que sean en su discurso o por más devotos que sean sus adeptos, reconozcan el derecho a existir de quienes no los quieren. Eso, empero, es difícil cuando un movimiento o un caudillo (sí, como AMLO), se erige en monopolio, ya no de la opinión mayoritaria, sino de la moralidad entera. Esto es más peligroso de lo que parece, porque quien se asume como la única entidad moral en la vida pública, solo puede ver inmoralidad en todo aquello que le disgusta y en todos aquellos que lo critican. El disenso se vuelve, en lugar de una alternativa indeseable para el partidario del gobierno, una especie de herejía, porque si el caudillo representa el bien, pues todo lo que se le oponga representará el mal; así de simple pasamos de un debate de ideas o hasta de simpatías, a una guerra de fieles contra infieles. Y la democracia siempre pierde.
El gobierno de la 4T construyó su discurso (que no su legitimidad entera) sobre una retórica intransigente, moralina, victimista y de glorificación del resentimiento. Esto fue, si no muy responsable, sí una genialidad en términos de comprensión del electorado mexicano, y por eso ese discurso sigue resonando fuerte. Lo malo es que, quien se vende como santo, tarde o temprano tiene que hacer milagros, y conservar, 24/7, una vida ejemplar de tintes franciscanos. Por eso lo único que no podía hacer Noroña era viajar lejos en primera clase y comprar casas de varios millones de pesos luego de andar haciéndose el pobrecito durante 20 años, y por eso a la gente no le viene bien que se siga lloriqueando sobre las élites desde hoteles en Tokio. Porque los políticos pueden ser hipócritas (tienen que serlo, quizás), pero los santos, los beatos y los apóstoles de la moral, pues no.
Pero hacia afuera las consecuencias son todavía peores, porque el gobierno, como heredero de ese discurso y de esa forma de hacer política, se ve obligado a invisibilizar o a deslegitimar cualquier oposición, no como una alternativa inferior para lograr fines políticos, sino como “los malvados”, los inmorales, los infieles, o en el mejor de los casos los manipulados. Y cualquiera que intente construir puentes será tachado, a su vez, de traidor y apóstata. Mientras no se supere esa retórica reduccionista y cretina, quien esté en el poder no solo se verá tentado, sino obligado a gobernar una sociedad rota, que usa el odio como combustible y la impunidad como demostración de fuerza. Grotesco.