La actual calle de República de Uruguay, antes conocida como la Calle de la Cadena, alberga sendas reliquias de la historia de una ciudad cortesana: los palacios de los Condes de la Torre de Cossío, y de los Condes de la Cortina, uno junto al otro, casi para llegar a la moderna avenida de 20 de Noviembre -construida en los años veintes del siglo anterior-, exponen las reliquias que desde sus ostentosos miradores y nobiliarias almenas, tuvieron a dos grandes familias que no sólo apoyaron el proceso independentista mexicano, sino que ofrecieron servicios fundamentales a la naciente nación que vivió las tragedias del siglos diecinueve.
La muy particular característica de que la capital virreinal, ostentara una Corte -la otra era la de Lima-, y sus miembros, más allá de sus beneficios nobiliarios, tuvieran una alta educación como don José Justo de la Cortina, miembro fundador de la Academia de la Lengua; embajador, en su momento, del Imperio Español -bajo el que nació- en la Corte otomana de Constantinopla, y autor de diversos textos como: Manual de voces técnicas de bellas artes, 1848. Todos recordamos la hermosa descripción que la Condesa Calderón de la Barca en sus Cartas, hace del Conde, su esposa -a la que considera la más bella dama de la sociedad capitalina- y a su madre, a quien no reparte más que elogios desde su temporada en la finca de la familia en Tacubaya, entonces parte del patrimonio del Condado del Valle de Oaxaca, herencia de la familia de Cortés y de su esposa la Princesa Doña Isabel de Moctezuma.
La biblioteca del Conde de la Cortina, sólo competía con la biblioteca de la Pontificia Universidad de México, y exponía la cumbre de un sector social indispuesto a someterse definitivamente a los caprichos de una España que torpemente administró los tesoros heredados, ganando el desprecio de las élites educadas y muy acaudaladas, que se sabían en nada inferiores a las de la Península, que jamás dejó de verlos como una amenaza a su lejana autoridad, dada su definitiva capacidad para autogobernarse.
Puedo jurar, que esa generación de ilustres mexicanos, sabedora de la magnificencia de su país, se sabía el “Fénix Americano”; la tierra a la que la Madre de Dios eligió sobre todas las demás para erigir su casa y que veía al Oriente, con su magnífica flota de Manila, administrada por un descendiente de los reyes de Aragón, como lo sería el Conde de Santiago de Calimaya, cuyo solar con cañones mirando hacia la Plaza Primo de Verdad, expone otra historia, de otra gran casa, que guarece otra parte de la historia de nuestra tierra.
Un país que no puede mirarse a sí mismo inferior a nadie, es el antídoto a las narrativas fatalistas de una ideología incapaz de reconocer mérito a quien no repite sus frases. México fue, y se pensó, la más rica tierra del Orbe. México tuvo, como ninguna nación americana, gente extraordinariamente formada que combatió contra el dominio de sus propios abuelos y que incapaz de reconciliarse consigo misma, dañó su historia de una manera que ya sus descendientes no podemos mantener. La gloria de nuestra tierra, debe de expresarse en el conocimiento y reconocimiento de su historia. En volver a iluminar con inteligencia un patrimonio no sometido al menosprecio y al interés de viles y dañinas clientelas políticas, que ya quisieran un poco de educación de ese mundo al que han embarrado con sus ignorancia y prejuicios.