Ya salió el señor Ferrajoli a decir que, con la elección de jueces en México, nos estamos pareciendo a Turquía o Hungría, por antidemocráticos. Entonces ahora sí -supongo- hay que preocuparnos. Raro, además, viniendo de un autor que impulsó la dimensión de democracia sustantiva sobre la procedimental (caldo de cultivo para legitimar dictaduras, si lo hay), en el auge de su influencia. Entre la sobre venta de la democracia como solución a todos los problemas y el desencanto que suele venir después, como ocurrió con la transición mexicana, la tradición política mexicana que gusta del caudillismo y la justicia emotiva sobre la ley, y el arrogante feudalismo que privaba en la casta judicial, lo raro es que esto no haya pasado antes de 2024. Porque la verdad es que estaba anunciado desde 2018. México y el obradorismo no es un caso atípico, sino común y tardío, del renacimiento de los populismos autoritarios.
Los regímenes de Erdogan (turco) y Orbán (húngaro) son de hecho ejemplos ilustrativos, por dos razones que el italiano no menciona. En el caso de Turquía, resulta que, por su composición económica, tamaño de la economía y PIB per cápita, es uno de los 10 países más comparables con México en esa dimensión (que no en otras). Y en el caso de Hungría, Viktor Orbán llegó al poder en 2010, como presidente, y se ha quedado en el cargo, aunque hoy como primer ministro. Su legitimidad deriva de que es líder de un partido orgullosamente anti migrantes, anti europeo y tradicionalista cuando es necesario, la Unión Cívica Húngara. En este hecho de quedarse en el poder está la primera diferencia con México. Erdogan, por su parte, también lleva muchos años en el poder, aunque él hizo la maniobra en sentido contrario, porque llegó como primer ministro en 2003 y luego (cambiando la Constitución y otras nimiedades) se volvió presidente.
Estos dos ejemplos, empero, distan de ser los más emblemáticos de las democracias liberales; por escala, todos son (¿somos?) una versión descafeinada de la Rusia de Putin y de la India de Modi. El primero no necesita presentación, pues volvió tendencia la moda del siglo XIX, invadiendo países para anexarse territorio; el segundo, hasta el nombre le cambió al país, que hoy se llama oficialmente Bharat - en serio -. El caso mexicano tiene particularidades, en parte por nuestra propia historia (la reelección presidencial no la puede regresar nadie, pese a lo que digan las hormonas de los sicofantes sexenales) y en parte porque estamos debajo de Estados Unidos, lo que limita enormemente el margen del Estado mexicano para hacer cambios estructurales de envergadura realmente conceptual (como volvernos una República parlamentaria, una diarquía obradorista, o lo que sea).
Lo que se pierde en el regaño alarmista es la mecánica del consenso que lo posibilita: una clase media cansada de trámites y privilegios cruzados, una élite que negocia impunidad a cambio de estabilidad, y una oposición que confunde litigio y alarido con política. A ese caldo se le agrega una comunicación que monopoliza agenda y sentido común, más una izquierda catequista que equipara el disenso con la traición. Resultado: se premia la eficacia performativa sobre la legalidad aburrida. Si además los tribunales renuncian a explicar sus fallos y los medios a contextualizarlos, la “elección” de jueces aparece como solución mágica, no captura programada.
Pero con todo y esto, en lo que sí se parecen todos los casos, es en que la destrucción, refundación o captura de los órganos autónomos y del poder judicial fueron prioridades de los ejecutivos fuertes, que dependen de la concentración de facultades y de la toma de decisiones rápidas (buenas o malas) para convertir su legitimidad en verdadero poder. Y eso se veía, y se dijo, y se aceptó, en México, por lo menos desde 2021. Pero gracias, señor Ferrajoli, por su preocupación, por voltear a vernos a nosotros, sus admiradores latinoamericanos. Por nada y llega tarde. Payaso.