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Apología del clasismo

Apología del clasismo

Columnas viernes 19 de febrero de 2021 - 01:10

Por Adalberto Méndez López


El excandidato por la presidencia de la República el panista Ricardo Anaya reapareció a inicios de año anunciando su “triunfal” regreso a la política mexicana, anunciando que iniciaría un recorrido por los municipios del país, tal y como hiciera años atrás su contrincante y hoy presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador.

Si bien, la manera de gobernar de la autodenominada 4T no ha sido más que fallida en casi todos los ámbitos, ¿es Anaya lo que México necesita? La respuesta es No. El candidato blanquiazul no sólo está demostrando ser un mal perdedor (como Andrés Manuel), sino que su reaparición fue muestra del denominado “complejo del salvador blanco”, evidenciando que no logra comprender las grandes desigualdades que aquejan al país.

El white saviour complex surge del cine anglosajón, sobre todo en aquellos países que cuentan con un pasado esclavista. Se configura cuando en una película, aparentemente dedicada a retratar el racismo o alguna lucha social, basa su narrativa en heroicos personajes blancos que hacen posible las revoluciones de afrodescendientes o algún otro grupo vulnerabilizado que en los propios protagonistas de la lucha que se retrata.

En México, el director de cine Michel Franco, se volvió famoso recientemente por su filme “Nuevo Orden”, en el que muestra como la población más pobre se revela contra las élites, siendo el Ejército mexicano el sostén de esta revolución. Si bien, la película es un verdadero desastre cinematográfico de pésimo gusto, es útil para ejemplificar como la “pigmentocracia” está más que viva en un país donde, de acuerdo con el Inegi en 2018, el 55 por ciento de las personas blancas va a la universidad y preparatoria, mientras que solo 31 por ciento de los habitantes de piel morena lo logra.
Franco al igual que Anaya representan una de las realidades más dolorosas de México, la existencia de un clasismo recalcitrante que, aunque se niegue, existe y vulnera. Mientras que Franco en su cine victimiza a las élites y defiende la inexistente “discriminación inversa”, Anaya con su discurso le dice a las mexicanas y a los mexicanos que son las élites las que deben de gobernar. Ninguno de los dos comprende que el discurso que necesita México no es la polarización en la que insiste López Obrador, sino la reconciliación del pueblo mexicano, sin embargo, quizás e inconscientemente, ambos promueven una lacerante apología del clasismo.

Gobernar basado en relaciones de poder y privilegio legitimando la inequitativa distribución de recursos bajo el pretexto de que las diferencias humanas existen es la muestra más pura del clasismo. Luego entonces, ¿qué diferencias hay entre Anaya y López Obrador? Aparentemente, cada vez menos, quizás y la única es que, mientras uno le apuesta a la división bajo el rancio argumento del enfrentamiento entre los de arriba y los de abajo, el otro apela, sutilmente, a justificar la subsistencia de un clasismo político.

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