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Cambios laborales

Cambios laborales

Columnas viernes 13 de mayo de 2022 -

Los acontecimientos construyen el sentido de aquello que denominamos realidad. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el requerimiento de los hombres para el frente de batalla, posibilitó -e incluso, “normalizó”-, la incorporación laboral de las mujeres en actividades reservadas a sus maridos o padres: la construcción, la siderurgia, el transporte y hasta el mismo ejército.
Los desarrollos científicos, de igual forma, dotan del instrumental que no solamente confieren confort para la vida, sino que también modifica relaciones sociales con consecuencias sorprendentes en la vida de los ciudadanos. Un buen transporte público, por ejemplo, acerca a la persona con sus actividades laborales y su casa. El rendimiento se eleva cuando no es martirizada la persona con el embate de horas dentro del medio, trastornando su humor, su desarrollo intelectual, y el sentido de la vida no dañado por el desgaste de lo cotidiano que le extirpa su humanidad, al prohibir su ingreso al deguste de sus facultades, desgraciadamente degradadas con una movilidad infame, que sumado al salario miserable, lascera una intimidad que debería rendir frutos muchos más trascendentes que los de la envilecida labor.
El trabajo ha pasado por varios momentos en su definición, desde el fundamento de la propiedad y la dignificación racional que adjudica el liberalismo clásico al hecho, hasta el gran promotor de la marxista alienación, que hace del ser humano un juguete de la repetición infinita que lastima la inventiva, esclavizando la imaginación a las cadenas de la explotación capitalista.
Hoy, el trabajo ha sufrido uno de esos cambios que periódicamente transcurre por los hechos, y eso ocurrió durante la pandemia de Covid, cuando el uso cibernético catapultó la inventiva humana y por vez primera permitió el sueño cuántico de “estar” en dos lugares a la vez: el físico en casa, y el intelectual, en una red expandida como el universo en su proceso absoluto.
Desde el trabajo en casa, más allá de la contingencia sorprendentemente enfrentada, los ciudadanos conocieron qué era trabajar, estudiar y hasta socializar, sin necesidad de lidiar con la inaudita presión de una movilidad infame que parece condenada a no reducirse, sino hasta que las modificaciones del trabajo y el estudio cambien la perspectiva de varios empleadores conscientes de que el modelo presencial no solo se reconoció como incómodo, sino incluso obsoleto en las condiciones vitales del siglo veintiuno.
Trabajar desde cualquier parte del mundo, puede ser, conjunto a la dignificación salarial, dos alicientes fundamentales en la elevación de la calidad de vida, y un salto productivo sin precedentes donde empleados y empleadores obtengan sorprendente dividendos, no limitados a la esfera laboral. No entender este cambio de perspectiva, es cerrarse a un cambio que no será frenado por lo ya anticuado.

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