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Cosas de románticos

Cosas de románticos

Columnas miércoles 13 de mayo de 2020 - 00:39

Buceando en la red con la esperanza de imponerme con cierta dignidad al confinamiento me encontré con un coloquio protagonizado por Valerio Manfredi y Santiago Posteguillo, moderado por Jacinto Antón en el marco del festival literario MOT de 2017, en Barcelona.
Resultó muy provechoso encontrar dos visiones alejadas respecto a la repercusión de la novela histórica. Mientras Posteguillo hablaba de que se trataba de una inestimable oportunidad de acercar la Historia a la gente, Manfredi argumentaba que su finalidad tenía que ver con maravillar y conmover, no con formar al lector. 
 Refiero a este debate para rendir homenaje a dos gigantes del género, pero también para introducir a un autor que ha navegado con soltura en ambos mares sin haber corrido el peligro de naufragar: Javier Sierra. Mi historia con el escritor oriundo de Teruel se remite a dos lecturas fundamentales: La pirámide inmortal y El ángel perdido, libros que por lo visto ni siquiera figuran entre lo mejor de su repertorio, según sus millones de fieles lectores por todo el mundo.
 Durante la fase artesanal de La pirámide inmortal, Sierra sobornó a las autoridades cairotas para pasar toda una noche en soledad en el vientre de la Gran Pirámide de Egipto, emulando el rito iniciático de Napoleón, que a su vez bebía de la leyenda de Julio César y Alejandro Magno. La concepción de la segunda, por otro lado, le obligó a gestionar un permiso con las autoridades turcas para escalar, también en solitario, el monte Ararat, un antiguo volcán cubierto de nieve, el gigante del dolor, esa cumbre que se eleva a 5,165 metros, montaña sagrada para turcos, armenios y kurdos, donde yace, oculta, el arca de Noé. Siendo un devoto de Napoleón, la experiencia de lectura de El ángel perdido me pareció superior. Lo cierto es que ambas novelas están bendecidas por un trabajo documental notable y el ritmo trepidante que sólo son capaces de impregnarle los contadores de historias consumados.
Hace tiempo un buen amigo me preguntaba si era más de escritores que de libros. De escritores, le dije. Son las cosas que tienen los románticos.

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/CR

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