A las 8:05 de la mañana, un grupo de niñas y niños se sienta en círculo. No todos llegan igual. Hay quien viene con sueño, quien viene con prisa, quien viene cargando algo que no se ve. Frente a ellos, una educadora —o un educador— sonríe, saluda por su nombre y empieza con una pregunta sencilla: “¿Cómo se sienten hoy?”
Ahí comienza todo.
No es una frase retórica. Es, literalmente, un punto de partida.
La ciencia ha demostrado que durante los primeros años de vida ocurre el desarrollo más acelerado del cerebro humano. Antes de los cinco años se forma la gran mayoría de las conexiones neuronales que sostendrán el aprendizaje, las emociones y la conducta a lo largo de la vida.
Esto significa que lo que sucede en un aula de educación inicial no es menor ni preparatorio: es fundacional.
En esa etapa, el cerebro posee una cualidad extraordinaria: la plasticidad. Es decir, la capacidad de reorganizarse y crear nuevas conexiones a partir de la experiencia. Cada palabra, cada juego, cada interacción con una educadora o educador no solo enseña algo inmediato; literalmente construye estructuras cerebrales.
Por eso, educar en la primera infancia no es solo enseñar colores, números o canciones. Es modelar el cerebro en desarrollo.
También es importante entender que este proceso no ocurre de manera automática. El entorno importa. Y mucho. Las condiciones en las que crecen niñas y niños —la calidad de la interacción, la estimulación, el acompañamiento— influyen directamente en su desarrollo cognitivo, emocional y social.
Dicho de otro modo: no basta con crecer, hay que ser acompañado. Ahí es donde la figura de la educadora y el educador se vuelve insustituible.
Porque en esos primeros años se configuran habilidades esenciales: el lenguaje, la memoria, la autorregulación, la capacidad de convivir con otros. Incluso funciones más complejas, como la atención o el control de impulsos, comienzan a tomar forma en esta etapa
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Y todo eso ocurre, muchas veces, en acciones que parecen pequeñas.
En enseñar a esperar turno.
En ayudar a nombrar una emoción.
En intervenir en un conflicto sin violencia.
En contar una historia.
Se suele pensar que en preescolar “solo juegan”. Pero el juego, desde la perspectiva del desarrollo, es una de las herramientas más poderosas de aprendizaje. Es a través de él que el cerebro integra experiencias, fortalece conexiones y ensaya formas de comprender el mundo.
Lo que está en juego —literalmente— es el futuro.
Además, hay algo que la evidencia científica ha señalado con claridad: cuando las experiencias tempranas son limitadas o poco estimulantes, sus efectos pueden ser difíciles de revertir más adelante. No porque el desarrollo se detenga, sino porque las bases sobre las que se construye ya no son las mismas.
Por eso, la educación en los primeros años no es un lujo ni un complemento.
Es una necesidad. Y, sin embargo, sigue siendo una de las tareas más invisibles.
Las educadoras y los educadores trabajan en el momento más decisivo del desarrollo humano, pero también en uno de los menos reconocidos. Reciben infancias diversas, contextos complejos, desafíos cambiantes. Y, aun así, todos los días vuelven a empezar.
Traducen el mundo a un lenguaje comprensible. Construyen vínculos. Generan confianza.
Sostienen procesos que no siempre son visibles de inmediato, pero que dejan huella a largo plazo.
Porque educar en la primera infancia no es solo preparar para la escuela.
Es preparar para la vida.
Siempre, al celebrar el Día de la Educadora y el Educador, vale la pena mirar ahí donde casi no se ve: en ese círculo de la mañana, en esa pregunta sencilla, en esa historia que logra captar la atención.
Ahí, donde una niña decide entrar al salón.
Ahí, donde alguien aprende a nombrar lo que siente.
Ahí, donde empieza todo.
DRA. ROSALIA ZEFERINO SALGADO
Asesora en Comunicación Estratégica e Imagen Pública
Integrante de la Red de Mujeres por la Educación (MuxED)