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En cultura, las cosas no están cambiando

En cultura, las cosas no están cambiando

Columnas martes 31 de diciembre de 2019 - 01:16

Desde ahora se puede deducir que el desarrollo cultural en el país para el año 2020 no será muy favorable. Es paradójico que para el gobierno de la 4T, el sector cultural sea uno de los cuatro pilares de desarrollo, pero el presupuesto para esta área no solo sea injusto, sino que no exista calidad operativa en las instituciones culturales ni una conciencia clara de cómo generar desarrollo social desde el arte, el patrimonio y la identidad.
El presupuesto para la cultura en 2020 aumentó en 3.6% respecto a 2019, pero esto lo absorberá en gran parte el mega proyecto del Bosque de Chapultepec, comisionado por el artista Gabriel Orozco. Hay una terrible incertidumbre sobre este proyecto. En primer lugar ¿quién tomó la decisión de elegir a un artista que tiene dificultades para crear diálogos inclusivos y cuyo arte no se ha caracterizado por su valor público? No hubo licitación, ni siquiera existe supervisión para saber si el proyecto de remodelación es coherente con los significados y usos sociales, culturales e identitarios que tiene el Bosque de Chapultepec. Tal como sucedió en la Alameda Central, ¿se trata de limpiar el sentido popular del bosque o de usar su imagen para promocionar un régimen político de vanguardia?
Por otro lado, es muy triste que en el preámbulo de las festividades artistas y trabajadores de cultura tengan que exigir mediante la presión callejera el pago de sus salarios por trabajos que han realizado desde varios meses atrás. El secretario de cultura de la Ciudad de México se disculpó por los retrasos, pero ¿una disculpa es suficiente para transformar la vulnerabilidad y precarización en las que se encuentran los artistas y trabajadores culturales?
La secretaria de cultura, Alejandra Frausto, se esmera en mostrar una imagen que evoca cercanía a los pueblos indígenas. Pero vestirse a la usanza tradicional no significa comprender esos contextos ni son acciones que modifican el papel que estos pueblos deberían tener en la dirección de su propio desarrollo cultural. El casi neo- nacionalismo cultural de la cuarta exalta la multiculturalidad del país a partir del folclorismo indígena, mientras que se silencia el indignante racismo, el tutelaje paternalista de ciertos caciques indígenas que aman el nepotismo -y que hoy tienen puestos bien afianzados en la administración de la cuarta- y se evade el debate sobre la autonomía indígena y las demandas de los Acuerdos de San Andrés. Estos aspectos son decisivos para comprender la defensa del territorio como defensa de la cultura indígena, y hoy es un tema crucial para dichos pueblos.
Finalmente, ¿cuál es el papel que están jugando los aparatos culturales en una sociedad llena de conflictos sociales que se reflejan en la desigualdad, violencia, intolerancia y machismo? Hasta ahora no ha habido ninguna exposición de gran magnitud que aborde directamente estos fenómenos. Por lo menos no desde las instituciones coordinadas por la administración estatal. Este papel lo están cumpliendo cada vez más museos y una red de espacios gestionados por patronatos, iniciativa privada y otros agentes (investigadores, promotores independientes, universidades y ONG’S) que luchan porque la sociedad acceda a un arte crítico aunque eso signifique, como dice el crítico Gerardo Mosquera, aprender a caminar con el diablo, es decir, con la inversión privada. Este es el caso del Museo Jumex, el MUAC, el Museo Amparo y las industrias culturales que emprenden jóvenes de las clases medias.
El panorama en términos de cultura para el próximo año no es alentador, pero la lucha sigue y tendrá que seguir porque las cosas no están cambiando.

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/CR

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