La selección jugó en Guadalajara y Torreón partidos de preparación de cara al mundial tripartito del año próximo contra Ecuador y Uruguay, respectivamente y, ante lo visto en la cancha, el público asistente demostró su desaprobación abucheando y lanzando gritos contra varios jugadores y el técnico. Muy en especial en el segundo, un cero-cero que resultó más aburrido e infumable que un campeonato de curling.
Javier Aguirre ni siquiera tuvo la deferencia con la afición lagunera de alinear al portero local Carlos Acevedo y en su lugar puso al “Tala” Rangel (es evidente que al “Vasco” no le agrada Acevedo y no lo tomará en cuenta). Al final del encuentro algunos jugadores se quejaron amargamente por el trato recibido, Raúl Jiménez dijo que “por eso nos llevan a Estados Unidos”. En realidad, los llevan por el negocio que representa explotar la buena fe y nostalgia de los mexicanos avecindados en los Estates, quienes además pagan en dólares. El DT sí aguantó vara y dijo que el público podía gritar lo que quisiera. ¡Faltaría más!
La afición que consume el deporte profesional es el alma verdadera del espectáculo y el negocio, sin cuya presencia este sería inviable. Parece que cada vez más mexicanos, incluso los que viven del otro lado, ya están abriendo los ojos ante las miserias del equipo tricolor, el cual no es más que un producto chafa que nada bueno tiene para ofrecerles.
Las quejas y lloriqueos de los jugadores nacionales son una muestra de su debilidad mental y falta de espíritu. Carecen de temple y se desmoronan fácilmente ante la adversidad, ¿acaso esperaban recibir aplausos en vista de la paupérrima exhibición que dieron? Un poco de autocrítica por lo menos, pero no, nada de eso, porque son como niños malcriados que están acostumbrados a recibir sin dar nada a cambio. Y también es necesario decirlo: en futbol somos malos, no hay talento y la selección es un equipo de tercer nivel. No es lo mismo enfrentar en CONCACAF al representativo de una isla del Caribe de unos pocos miles de habitantes, que a uno de Sudamérica o Europa. Las estadísticas negativas al respecto son apabullantes.
Cuando un jugador o equipo es limitado, como es el caso del tricolor, debe suplir sus carencias con base en entrega, coraje y pundonor, porque sólo así podrá tener alguna posibilidad frente a equipos superiores. Sin embargo, nada más alejado de lo que este grupo de millonarios, enfundados en los colores nacionales, es capaz de hacer. Hace años, Jaime “El Tubo” Gómez, portero del campeonísimo Chivas de Guadalajara (siete veces campeón de liga –en torneos largos– durante las décadas de los cincuenta y sesenta) dijo en cierta ocasión, después de uno de tantos fracasos de la selección, que cuando veía a la distancia a los jugadores moviendo los labios mientras entonaban el himno nacional, se imaginaba que en realidad estaban haciendo las cuentas de cuánto dinero les iban a pagar.
Es un hecho que se viene un fracaso mayúsculo –uno más– de la selección nacional en el mundial del 26, son muy pocos los aficionados que realmente piensan que hará un buen papel en dicho torneo. Pero al final algo bueno podría salir de todo ello, para empezar, que las marcas comerciales –léase Televisa– que usurpan los colores nacionales mediante un equipo que sólo les pertenece a ellos y no a la nación, finalmente se retiren o mejor aún, se vayan a la quiebra, lo cual serviría para lograr la re fundación del futbol mexicano, comenzando con la Liga MX, cuyo patético sistema de competencia es un despropósito que impide el desarrollo del talento local. Hasta el jueves…