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Columnas
Cuando Ignacio Manuel Altamirano, redacta Navidad en las Montañas, tiene como objetivo ensalzar la hermandad de una nación fracturada por la violencia desde su independencia, donde la paz se veía como un anhelo semejante a todos los buenos deseos que pueden transcurrir cuando festejamos esa noche fundamental de la cultura occidental.
Siendo indígena guerrerense, activo militante del partido liberal e insigne miembro del gabinete juarista, que tras el establecimiento de la república, la diplomacia será, junto con las letras, sus dos amores que lo llevarán a Europa, como testimonian sus impresiones de viajes a la manera de este tipo de textos decimonónicos. El francés, el inglés, el alemán, junto con el castellano y el náhuatl, permitirán que este gran intelectual acceda y se mueva por un mundo que es más grande que su natal Tixtla, a la que jamás olvidó, pero que sabía muy bien que la mejor manera de representarlo, era con una presencia en el mundo cosmopolita y culto.
El hartazgo de la violencia, claramente inclinará a nuestro autor a exclamar a todos los mexicanos nuestra hermandad por encima de nuestras divergencias que tanto mal han hecho al país, como también lo comprenderá su contemporáneo, Guillermo Prieto, en la narración que hace en Memorias de mis tiempos, sobre la toma de la capital mexicana por las armas estadounidenses, dando fe del cálido asilo que en medio de la desgracia le ofreciera don Lucas Alamán, al que los reduccionismos históricos han reducido al de líder del partido conservador, desacreditando los enormes servicios a la nación desde que fuera el aristocrático representante de su natal Guanajuato en las Cortes de Cádiz, autor de la Historia de Méjico, con la influencia de E. Burke y A. de Tocqueville, y que ciertamente enfrentado al liberalismo radical de la primera mitad del siglo diecinueve, alojara en su casa de Tacuba al intelectual liberal que huía con su familia.
Los prejuicios se degradan con la experiencia del cara a cara, del cura hispano y el mexicano liberal, de Altamirano, a los contrincantes políticos Prieto y Alamán, quienes en medio del que fuera el más desgarrador escenario de nuestro país, se conocen y conviven con el respeto que dos intelectuales, y ante todo mexicanos, se prodigan al darse un fraterno abrazo que no era sino el dolor de los ciudadanos de su cercenada Patria.
Los prejuicios tienen que ser trascendidos, el respeto a nuestras leyes e instituciones debe de ser el primordial vínculo con el que una ciudadanía debe de reconocerse, no por las contradicciones violentadas por el discurso de quienes se benefician con nuestros rencores, sino por la historia común, plagada de enseñanzas que dejan en claro los costos de no unificarnos como país. México es primero.