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Midsommar

Midsommar

Columnas jueves 03 de octubre de 2019 - 02:22

Una de los principales reclamos en Hereditary – primer filme de Ari Aster-, era que en su historia no existían consecuencias. La historia de una familia que ha tenido marcado su trágico fin desde la concepción de la misma: una abuela empeñada en preparar a su nieta para recibir espiritualmente al demonio. Empeñando su vida, la de su nieta y su familia entera, sin que nadie lo sepa, por supuesto que es de aterrarse.

En esa historia en donde las consecuencias no llegaban; la decapitación de una niña que la policía nunca investiga, el reclamo de una madre que nunca llega, el nulo interés por las autoridades escolares, la inutilidad del padre de familia etc., el terror estaba tan bien implementado que uno podía dejar ir dicha necesidad de consecuencias, porque la idea, la maldita idea, de que el demonio es real, parsimonioso y que hará lo posible por joder a una familia, desde las entrañas, estaba excelentemente bien planteada.

En Midsommar, Dani (una sobresaliente Florence Pug ) es una joven universitaria que funciona como sostén de su hermana menor; bipolar con tendencias suicidas. Una noche esta decide terminar con su vida y asesinar a sus padres al mismo tiempo. Christian, novio de Dani, ya desinteresado de la relación, tenía pensado tomarse un tiempo libre de ella, y aconsejado por sus amigos, irse de viaje a Europa a una comunidad en Suiza, de la cual es miembro uno de sus amigos, y en donde se planea una ceremonia ritual que se celebra cada noventa años. Debido al infortunio de su novia, este termina por no seguir con su rompimiento, pero sí con el viaje al cual es invitada Dani.

El ritual, que nunca se explica bien de qué trata y a nadie parece incomodarle, es llevado por una familia a toda vista sectaria, que también, a nadie parece incomodarle, sino hasta ya bien entrada una hora de duración del filme en donde un par de sacrificios se dan sin miramientos, para que por fin alguien de los “invitados” se sienta incómodo… durante unos minutos, después todo sucede como si nada extraño pasara, hasta que poco a poco dicha secta comienza a desprender su verdadera naturaleza.

Aster quiere hacernos creer que lo que nos cuenta es subversivo ( hay simbología católica, judía, celta, esoterismo, todo inclinado a la wicca), pero su discurso es hueco, sus coreografías bien montadas bien fotografiadas no sirven de nada si el discurso no tiene fuerza, si los personajes son torpemente diseñados, si de nueva cuenta, no hay consecuencias.

El terror va más allá de personajes macabros que salen de repente y asustan, de payasos que teatralizan las pesadillas de un grupo de niños o de muñecas poseídas.

El terror es una idea que se planta y comienza a echar raíces, Aster parecía haberlo entendido y con Midsommar demuestra que no es así.

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/CR

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