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No es sólo problema de Guerrero

No es sólo problema de Guerrero

Columnas jueves 02 de noviembre de 2023 -

Decir que Guerrero es un estado complicado, es quedarse cortísimo, sin importar de lo que estemos hablando. Acapulco, específicamente, es una de esas ciudades que es la verdadera capital de la entidad sin serlo, pues el poco dinero que genera el estado procede de su turismo, además de que es el verdadero punto de conexión terrestre y aérea con el exterior. Del otro lado de la moneda, desgraciadamente también es el centro de gravedad de ciertos delitos, y lleva varios años siendo una de las cinco ciudades más violentas del mundo, según rankings internacionales, como el Índice de Paz (IEP). Así que, para todos los efectos, el huracán más fuerte que se ha registrado en la historia de México, devastó el núcleo económico y vital de Guerrero, y con ello, el presente y futuro inmediato de millones de personas.

Los desastres naturales son calamidades que nos recuerdan a todos lo relativo que es el dominio que supuestamente la tecnología tiene sobre la naturaleza, pero nuestra forma de pensar, por formación cultural, nos lleva a buscar responsables, culpables, con nombre y apellido, así que nos concentramos en encuadrar el tema en la reacción al mismo, y por ello, necesariamente, en su politización. Esto, repito, es natural y no tiene que ver con quién gobierne ni dónde; basta recordar la reacción de Voltaire cuando constató la devastación del terremoto de Lisboa en el siglo XVIII, o Henry James haciendo lo propio luego del terremoto de San Francisco en el siglo XIX.

Había, hasta ayer, más de 14700 elementos de seguridad, entre soldados y guardia nacional, y 1300 electricistas de la CFE. Algunos se preguntaban, en redes sociales, porqué el tema del restablecimiento del sistema eléctrico se ponía como alta prioridad, “en vez de enviar comida”, y cosas por el estilo. Lo que la gente no ve (a veces) de los grandes apagones, es que sin luz no sirven los refrigeradores ni sube el agua a los tinacos, por lo que en cosa de días se acaba la comida y el agua, y una vez que eso sucede, se pasa de un estado civil a un estado hobbesiano, de todos contra todos.

Una parte del caos no ha sido famélico, sino oportunista (y también pasa en todos los desastres); no son víveres los que algunas personas están sacando de las ruinas de Liverpool de Acapulco, sino pantallas, ropa de marca y hasta refrigeradores, y han circulado fotos y videos de la rapiña en tiempo real mientras algunas autoridades observan impasibles. Pero es que no están ahí para eso.

El tema es incomodísimo porque quienes no estamos en esa situación no podemos empatizar con ella, aunque queramos. Se dice que en un estado de excepción, que es siempre más fáctico que jurídico (y es lo que hay en Acapulco, el día de hoy), la normalidad jurídica desaparece también, y juegan otras reglas, unas que implican la inobservancia del derecho de propiedad de los comercios, porque sería realmente ingenuo decir que se permite el hurgamiento (scavenge) de unos bienes y no de otros, de unas tiendas y no de otras, etcétera. Es un sobreentendido entre autoridades y particulares. Lo único que va a contener la autoridad actuando como fuerza de control social, es la violencia manifiesta. Los robos que mandó el gobierno federal parar con retenes no son los de las tiendas, sino los de la ayuda que llega y que grupos criminales o hampones de ocasión empezaron a confiscar y vender por su cuenta, porque la mezquindad humana en situaciones límite no desaparece.

Dejando de lado a los actores políticos que lo han visto como una situación más de oportunidad para los ataques o la promoción (ambas deleznables en este momento), destaca que la ciudadanía en México sí se vuelve solidaria y desinteresada cuando se trata de desastres naturales (sismos, huracanes), y de hecho, aunque a veces se olvida, fue la sociedad la que levantó al país en 1985, frente a la incapacidad del gobierno.

En cuanto a los daños materiales, no hay forma de cuantificarlos de forma precisa en este momento, y lo que hay son estimaciones. Lo que sabemos es que el huracán Wilma en Quintana Roo, del año, ocurrido en el año 2005, dejó 2.6 billones de dólares en pérdidas, y fue categoría 4. Parece que con Otis estamos hablando de más, mucho más. Que haya un bono catastrófico previsto por SHCP con una etiqueta específica para huracanes del pacífico por 125 millones de dólares, es una buena noticia, pero en términos absolutos parece que no será ni de lejos suficiente.

La respuesta que debe haber de parte de Estado y sociedad, para enfrentar esta crisis, deberá ser sostenida y bien planificada, y no es sólo problema de los guerrerenses. Además de la solidaridad, siempre loable, un desastre de esta magnitud cuyas consecuencias se dejan desatendidas, puede provocar efectos en los rincones más impensables del país, y en los rubros más inverosímiles. Es un asunto de todos.


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