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Política: esa mala palabra

Política: esa mala palabra

Columnas jueves 17 de julio de 2025 -

La política real y el orden mafioso tienen algunos trazos semejantes. Pero no me refiero a la parte criminal, porque cuando un político utiliza su cargo para cometer delitos, ahí está haciendo meras cochinadas, no política. Y un mafioso, aunque es un delincuente, no es uno común y corriente, porque crea un orden paralelo al orden legal, que se aplica con igual o mayor eficacia dentro del territorio donde opera; tengamos eso en cuenta para no ser tan básicos en nuestras inferencias.

Aquí me refiero sobre todo a la necesidad de usar códigos en lugar de claridad, táctica más que estrategia y al valor de la palabra dada por la imposibilidad de hacer cumplir los pactos mediante medios judiciales.

La política, al menos desde hace cuarenta años, se ha tenido que desarrollar al margen y a veces en contraposición al derecho positivo, porque este último se ha diseñado con criterios de confianza ciega en los mecanismos “naturales” del mercado para dar a cada quién lo suyo, y de fe ciega en la capacidad de sistematización de la ley codificada.

Para hablar más claro, esto implica que las estructuras económicas creen que cada quién tiene lo que se merece, sea pobre o rico, desconociendo que los dados están cargados desde el nacimiento en una u otra clase social; y también que cualquier norma jurídica que requiera interpretación o cualquier decisión pública que deje margen de maniobra a quien la toma, son vicios del sistema que deberían ser erradicados.

Ambas cosas son estupideces, por supuesto, pero no por ello los actores relevantes dejan de diseñar en ese sentido e incluso los ciudadanos (de dientes para afuera) dejan de comulgar con esa meritocracia de pantomima. Cierto es esto tiene un elemento idiosincrático o histórico, depende de a quién se le pregunte.

La impersonalidad de las normas desaparecen en las realidades donde el tráfico de influencias es moneda corriente, y las leyes del mercado suelen ser mucho más benévolas con los que heredan su primer inmueble que con los que no, porque empiezan el juego de beisbol en tercera base. Pero en la política hay otro elemento que es inherente a ella y no procede de ningún vicio; a saber, el presupuesto de que ella lidia con la contingencia, las situaciones únicas, la responsabilidad de las decisiones con todo y sus efectos colaterales, planeados o no.

La necesidad de la negociación abajo de la mesa y la simulación también son rasgos que comparte la política con el inframundo, pero creo que estos elementos sí se vuelven más prevalentes mientras más ingenuo y paranoico es el orden jurídico de una sociedad, porque su necesidad de objetivarlo y uniformarlo todo obligan a la política a hacerse cada vez más tras bambalinas.

Pero que nadie se confunda, la política se sigue haciendo, porque la decisión de qué le toca a quién, en qué medida y cuándo, sigue siendo una decisión enteramente política. Y esto opera para todos los bienes públicos, desde la riqueza hasta el reconocimiento social.

Por eso, los profesores universitarios son tan bien pagados en Japón y tan mal pagados en México; por eso en el caso de Finlandia esa tendencia salarial se extiende hasta la educación básica. Es en esas cosas donde se ve si a una profesión se le respeta, porque el sistema otorga incentivos para que las personas altamente calificadas quieran dedicarse a eso, y se hace con la convicción de las leyes nacionales de que ese trabajo importa.

Cuando las ventajas laborales provienen de protestas, paros y presión política abierta de sindicatos bien organizados, ahí estamos en presencia de otra cosa, pues ahí lo que se respeta es la fuerza de los grupos de presión organizada, no la actividad de enseñar. Pero en todos los supuestos, lo que hay en el fondo es una decisión de diseño normativo y asignación de recursos, que bien pueden usarse de otra manera. Eso ocurre en países donde los sueldos son elevados para el servicio público (como Indonesia) y donde, por ello, la corrupción sí se persigue y castiga sin miramientos, y la confianza ciudadana en sus instituciones así lo demuestra.

Otro ejemplo son los regímenes de seguridad social, que son la afirmación social del valor que se le otorga a las personas que contribuyeron a la fuerza laboral activa en el pasado, pero ya no lo hacen. ¿Ve un país a sus ancianos con gratitud o con desprecio pragmático? De nuevo, preguntémosle a la legislación de Japón y a la de Estados Unidos para ver los contrastes. Esto se estaba poniendo interesante, pero ya se me acabó el espacio. Ahí luego seguimos.

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