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Reconociendo a Biden

Reconociendo a Biden

Columnas viernes 13 de noviembre de 2020 - 00:21

Uno de los grandes consejos que ofrece T. Hobbes (el insigne autor de El Leviatán) es precisamente cuidar los orgullos de los ciudadanos y de los notables.

Nuestro autor citado sabe muy bien —y por experiencia propia— que atentar en contra de estas dignidades puede representar tremendas tragedias de los que sabiéndose merecedores de tal honor, despechados, son recompensados con el desdén o la más absoluta ingratitud. El pensador británico, uno de los padres del contractualismo moderno, una de las teorías fundadoras del Estado, es temeroso de la violencia connatural al ser humano, como lo dejará perfectamente escrito en la primera parte del texto referido, denominade “Del Hombre” y donde estudia las características del “estado de naturaleza”. Noción hipotética que retrata al ser humano carente de límites gubernativos, por lo que la violencia es su característica, así como la plenitud pasional a la que solamente el miedo puede educar.

El despecho de una persona ofendida en su honra puede traer consecuencias sorprendentes en la vida pública, que para nada hacen llevadera la vida social.

Hobbes recomienda siempre medir los honores en un complejo sistema de equilibrios, para salvaguardar la paz pública. El enojo y la venganza no son buenos para nadie, y menos para una sociedad envuelta en conflictos o comprometida de tal manera con otras sociedades o gobiernos que le son indispensables para garantizar el ingreso, la seguridad y hasta la benevolencia tan necesaria en las relaciones públicas. Garantizar la honra se puede incluso considerar un asunto de Estado.

Justamente los teóricos de la denominada doctrina de la “Razón de Estado”, como G. Botero y sus herederos, ofrecen consejos múltiples para cultivar la prudencia del príncipe. Un consejo prudencial del arte político y en especial, de las relaciones con otras sociedades, es garantizar el respeto de ciertas pautas de conducta que dan la impresión política de que todo se encuentra bien: la cortesía es un valor tan básico como las riquezas o las armas e incluso hace prescindir de las citadas, porque un gesto de caballerosidad, expresión de virtud, es fundamental por evitar que los conflictos o surjan, o se propaguen. Ser cortés y satisfacer el reconocimiento público de los poderosos es fundamental en la vida pública.

El titular del Ejecutivo mexicano, inexplicablemente, no reconoce ni más ni menos que el triunfo del futuro césar vecino. Un rasgo de imprudencia impúdica, cuyas consecuencias difícilmente vislumbramos. Sin dar más cabida a la especulación, podemos decir, apelando a las teorías políticas clásicas, que ese gesto no es nada bueno para el Ejecutivo mexicano, pues los seres humanos guardan rencores. Apelar a la Doctrina Estrada, para nada enmienda el despecho de los orgullos y los intereses de una nación como la nuestra, sobrecomprometida con su vecino y su gobernante.

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/CR

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