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¡Vamos, piojito!

¡Vamos, piojito!

Columnas jueves 30 de octubre de 2025 -

Tecnicismos aparte, deja un mal sabor de boca que Donald Trump haya condicionado el apoyo económico a Argentina a la victoria del partido de Milei en las elecciones parlamentarias de ese país. Porque lo que es innegable es que el presidente de un país extranjero, cuyos fondos se consideraban esenciales para darle oxígeno al poder adquisitivo de los albicelestes, declaró públicamente que sólo los liberaría si ganaba uno de los partidos contendientes (en forma de préstamo, además, así que no sé qué celebran). Si califica o no de "intervencionismo" puro y duro, es más bien irrelevante en el análisis, porque la estructura de esa proposición es la de una extorsión, así, de libro de texto. Este es un signo más de lo que quizás podamos llamar la primitivización de la diplomacia global. Creo que estamos cerca de normalizar las amenazas como forma de colocar temas en la agenda, las acusaciones infundadas como argumento de autoridad, y el pandillerismo como demostración de fuerza. Patético.

Pero la pinza la cierra, lamentablemente, la aparentemente inmunidad de Argentina al aprendizaje económico, histórico y hasta contable. Un breve disclaimer: creo que el neoliberalismo - que sí existe - es nefasto en términos culturales e ineficaz en términos de desarrollo. Y esto lo digo porque tenemos numerosos ejemplos de fracaso durante la década de los noventa y posteriores. Tailandia, Corea del Sur, Malasia, México, España, y tantos países africanos que es difícil llevar la cuenta. Todos entraron en una crisis de deuda pública que les obligó a pedir préstamos impagables a las instituciones financieras internacionales, sobre todo al FMI. Los créditos se concedieron contra cartas de intención (un tipo de compromiso internacional vinculante) que obligaban a los gobiernos a realizar cambios estructurales profundos en sus políticas económicas, básicamente eliminando barreras comerciales para la entrada de importaciones y sujetando el gasto social a las metas de saneamiento fiscal. Esto significaba cambiar la vocación del Estado como igualador de oportunidades vitales y garante de derechos básicos, a una de creador y protector de mercados eficientes. El abandono del Estado de Bienestar, para acabar pronto.

A su vez, esto trajo como consecuencia el rechazo de los pueblos a sus gobiernos, porque ellos no entienden de variables y gráficas seudo científicas, sino de carestía de la vida e indiferencia gubernamental. Lo más perverso fue que daba lo mismo si se trataba de gobiernos de izquierda o de derecha. Los compromisos macroeconómicos limitaron seriamente el margen de maniobra de los gobiernos nacionales como para presentar alternativas reales de desarrollo y de mejoramiento de la vida para los electores. El resultado final fue un desencanto hacia los sistemas de partido, la política, y la democracia en general. De ahí el lamento, compartido por analistas y cacharpos, de “¿para qué voto, si todos son lo mismo?”. Mucho había de cierto en eso, y era por diseño. Cuando un gobierno no puede decidir sobre cómo gastar el dinero que tiene, ni sobre qué impuestos puede cobrar, que son las decisiones políticas por excelencia, sus disque logros acaban siendo cosméticos, en el mejor de los casos. Y la verdad es que seguimos un poco en esa posición. Como dice Roberto M. Unger, “la propuesta de la izquierda, hoy, es la misma propuesta de la derecha, con un cupón de descuento”.

Ahora bien, aunque los países que siguieron las recetas neoliberales nos hemos estancado en una meseta de crecimiento mediocre y concentración de riqueza, las crisis financieras, casi siempre, se han mantenido fuera del rango del realismo mágico. La inflación que preocupa es aquella por encima del 5% anual, o la que llega a los dos dígitos (11% ya se considera desastroso). Inclusive los países impulsores del modelo librecambista han dado un viraje y reconocido, a regañadientes, su hipocresía. Por eso el discurso de Trump resuena con los norteamericanos empobrecidos de las industrias desplazadas durante la globalización, y por eso hasta las medidas proteccionistas más idiotas se pueden vender como muy patrióticas. Por eso ya no hay, prácticamente, corridas bursátiles que devalúen las monedas 50% en una semana, ni corralitos bancarios que te impidan sacar tu dinero del banco por decreto presidencial. Porque son lecciones que casi todos los países han aprendido a fuerza de crisis, sufrimiento y vejaciones a escala generacional. Casi todos, excepto Argentina.

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/CR

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