Es sueño de Citlali

Es sueño de Citlali

Esta es la reseña de una publicación en ciernes, no apta para niños y tampoco editable por el FCE. Cuenta la historia de una niña —Citlali— que nació por allá de la década de los 50. Como toda infante, jugó a disfrazarse y a pretender ser diferentes personajes. Su inquieta imaginación la llevó a personificar muchas vidas, lo que tiempo después se le hizo costumbre. Tuvo muchos hermanitos también, todos con nombres de origen náhuatl: como Xóchitl, Tonantzin Cuitláhuac, Ameyalli, Yamanqui, Yolótl y Nayelli.

Sus padres tenían un gran apego a sus raíces indígenas; y orgullosos de ellas nombraron así a sus hijos. Citlali, que en español quiere decir estrella, brillaba en el seno familiar. Era bonita, aunque después de jugar tanto con los disfraces perdió no solamente la personalidad, sino que incluso transformó su rostro para siempre. Pero ella era juguetona; y se veía a sí misma como aquella princesa azteca que después se convirtió en un volcán nevado, custodiada por su amado guerrero (que vino de una tribu chontal).

Y aunque su infancia terminó pronto, su mente fantasiosa nunca encontró sosiego. Buscó pertenecer a algo más que no fuera la raza de bronce; y entonces se inventó un parentesco presidencial y de alcurnia. El apellido materno le venía como anillo al dedo; así que esa niña de gran inventiva, empezó primero a jugar el papel de descendiente de presidente, después el de empresaria; y terminó siendo hija legítima de Israel.

Su belleza le ayudó mucho, pero sobre todo, su innata facilidad para mentir fue muy apreciada en su nueva profesión: la política. Y a partir de ahí, las transmutaciones se sucedieron a una velocidad vertiginosa, aunque de forma más que natural. El hermoso nombre de Citlali ya era muy de barrio para ella; y aunque optó por la izquierda, le daba más caché cambiarlo por uno extranjero: así podía jugar a ser la hija de inmigrantes esforzados y trabajadores.

De esta forma, la reina del disfraz se convirtió en una estrella del firmamento de los “progresistas”; un ejemplo de que quien persevera alcanza sus metas: y las suyas eran dejar la miseria y la mediocridad. Había que olvidar la inmundicia, pero nunca a quien le tendió la mano. Y es que como ella misma dice en un pasaje: “Cuando sacas a gente de la pobreza, se les olvida de dónde viene. Porque la gente piensa como vive, entonces cuando llegan a ser clase media, se les olvida de donde vienen y quien los sacó”.

Ahora ella sueña otra vez, pero con un México pobre, lleno de gente miserable pero que esté siempre agradecida con su amado líder. Esta historia no da para un librito infantil, pero sí para un cómic de terror o una novela psicológica. Vendrán más tomos, aunque advierto que no les dejaran dormir.



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