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Columnas
A unas cuantas semanas de terminar su mandato, Joe Biden autorizó a Ucrania el uso de misiles de largo alcance para que sean lanzados contra partes del territorio ruso que no está en disputa. Ni tardos ni perezosos, ya dispararon seis. Se supone que no hubo víctimas ni daños. Putin respondió con la amenaza nuclear de siempre, pero no en los términos de siempre; y esto último es lo que preocupa y asusta.
Lo más grave es que se abre la puerta para escalar el conflicto, otra vez, como si las partes, la región o el mundo, necesitaran eso. La autorización de Biden es un desplante de irresponsabilidad enorme, que no se puede leer más que como un movimiento para complicarle la situación a Trump si quisiera (como ha reiterado) poner fin a la intervención de EU en esa guerra. Porque Rusia no se va a rendir porque hayan disparado esos misiles, ni porque disparen algunos más. La salida de Ucrania de esta guerra (si la tiene) no va a ser una capitulación de Rusia por la vía del poder de fuego.
Este no es un asunto partidista, ni ideológico. El señor Trump será lo que sea (un delincuente con sentencia, que se regodea en sus odios como si fuera una virtud política, por ejemplo), pero el conflicto entre Rusia y Ucrania ha cumplido ya 1000 días, la economía mundial ya asimiló el conflicto como una variable de mercado y no hay incentivos de ninguna de las dos partes para ceder nada, porque a estas alturas eso equivaldría a la muerte política (y quizás hasta biológica) de las autoridades que capitulen.
En esas circunstancias, cualquier cosa que abone a desescalar el conflicto armado y reducir los riesgos de una guerra multilateral (me rehúso a usar el término “tercera guerra mundial”, porque entonces se pierde toda seriedad), debe ser alentado, no obstaculizado. Y Biden lo acaba de dificultar. Para que se entienda la magnitud de la estupidez, baste anotar que ninguna guerra es justa (no hay tal cosa), y es la situación humana donde, por excelencia, prevalece la fuerza sobre cualquier otra consideración, sobre todo si se trata de una guerra convencional.
En este contexto, no importa solamente cuánto dura una guerra ni cuáles son los objetivos declarados (anexarse territorio, derrocar a un gobierno, destruir armas de destrucción masiva, etcétera). También importa cómo se hace la guerra y qué armas se usan. Este último punto es crucial, porque la ingeniería militar hace varias décadas que desarrolló armas capaces de destruir ciudades completas, o de envenenar a millones de personas de un botonazo.
Por ello hay ciertos lineamientos que la comunidad internacional asume y “respeta”, para evitar, precisamente, el escalamiento del conflicto o, como en el caso de la guerra fría, la mutua aniquilación asegurada. Es precisamente uno de esos lineamientos el que ha evitado que, luego de la Segunda Guerra mundial, no se haya detonado ninguna otra bomba nuclear, en ningún lado, sin importar los países o intereses en conflicto. Pero esa prohibición, que es más un acuerdo voluntario entre potencias nucleares, está sostenido en un marco frágil, que comprende otros compromisos, explícitos o tácitos. Uno de ellos, que se respete la integridad territorial del país que tiene armas nucleares.
Para mayor comprensión, recuérdese también que el uso de armas nucleares por parte de EU durante la segunda guerra mundial, no fue contra Alemania (que era el verdadero enemigo a vencer), sino contra Japón, que era como el amigo tímido y mal vestido con el que llegas a la fiesta y ni modo de dejarlo afuera. Y la razón que “justificó” las detonaciones en Hiroshima y Nagasaki, y no en Berlín o Dresden, por ejemplo, fue que Japón había atacado a EU dentro del territorio norteamericano, en el incidente de Pearl Harbor. Cuando atacas a los Estados Unidos dentro de su territorio, este país cambia las reglas del juego, por completo. Hay una razón por la cual ellos le llaman “Homeland Security” y no “Really, Really Critical Security” a la agencia que combate las amenazas más neurálgicas.
Bueno, pues ahora los ucranianos están atacando a Rusia en su integridad territorial, y con misiles de largo alcance, proporcionados por Estados Unidos, que vuelven objetivo viable ciudades como Moscú. Y Rusia tiene que responder a esta amenaza tanto para inhibir ataques de esa latitud, y para salvar cara frente a su población doméstica. Espero que, así, ya se entienda.
Quizás por eso los norteamericanos están diciendo ya que no hubo cambio alguno en la doctrina nuclear de Rusia, y los rusos que no hubo daños en el último ataque de Ucrania, aunque ambas cosas son muy probablemente falsas. Porque quieren dejar abierta la ventana para que esta nueva escalada se rectifique y se evite una guerra total. Ojalá se aproveche.