@arturocarrascoc
¿Qué tienen en común influencers, creadores de contenido y políticos? Que cuando alcanzan cierto nivel de reconocimiento parece activarse en ellos una especie de mecanismo que les hace confundir popularidad con conocimiento. Pareciera que los seguidores y micrófonos les otorga la capacidad extraordinaria para hablar sobre cualquier tema con plena autoridad y con la seguridad de que no sólo tienen una opinión, sino la verdad.
El problema surge cuando la realidad, empeñada en demostrarnos las cosas como son, demuestra que no es así. La fama no brinda capacidades que no se tiene ni borra los prejuicios o creencias con que se cuenta, los cuales pueden conducir a problemas cuando se habla de más. Y cuando los problemas aparecen, se recurre a una estrategia, que de tanto usarse, se ha vuelto común: equivocarse, reivindicar la libertad de expresión, decir que se malinterpretó lo dicho y que buscan dañar su imagen para, finalmente, ofrecer una disculpa sincera.
Esta actuar lo podemos observar en varios casos. En un podcast, una participante habló sobre quién debería tener derecho votar en México. Inicialmente sostuvo sus dichos, pero cuando la declaración se viralizó, apareció primero la defensa al derecho a expresarse y después la disculpa, diciendo que todo se había malinterpretado.
Algo semejante ocurrió con dos diputadas de Puebla que hicieron comentarios sobre adultos mayores. Tras el rechazo público a los dichos, defendieron sus palabras y rechazaron disculparse. Pero luego de que su partido intervino y hasta la presidenta opinó sobre el caso, llegaron las disculpas, la reflexión y, por supuesto, el aprendizaje.
Aunque estas situaciones parecieran un mal chiste, es importante reflexionar al respecto. En primer lugar, aunque parece obvio, es necesario decirlo: por muy famosos que sean y piensen que todos deben escuchar sus ideas, deben entender que la libertad de expresión tiene límites y son los derechos de los demás. Buscar actuar sin límites, pasando por encima de los derechos de los otros, es reclamar un privilegio.
En segundo lugar, es necesario entender que la libertad de expresión es un derecho que permite compartir ideas y opiniones, pero su ejercicio no garantiza inmunidad. Hablar supone aceptar que otros también pueden responder, cuestionar y valorar lo dicho, por lo tanto, quienes viven de ser escuchados no pueden pensar que sus palabras siempre generaran aceptación, también producen rechazo. Hablar implica escuchar, aun y cuando lo que se diga no sea mí agrado. Defender la libertad de expresión pero a la vez descalificar cualquier opinión adversa no es defender la libertad de expresión, es intolerancia frente a la crítica.
Es necesario también dejar otra cosa muy importante en claro: popularidad no es sinónimo de conocimiento. inteligencia o autoridad. Tener seguidores amplifica una voz, pero no le otorga automáticamente la razón, por mucho que crean estar llenos de sabiduría. Y si en verdad existiera esa inteligencia, debería servir para generar conciencia y entender lo que amplificar la voz implica.
Esto se vuelve más relevante cuando hablamos de representantes populares o figuras mediáticas. No porque no deban hablar, sino porque sus palabras tienen un alcance que la convierte en responsabilidad. Hablar sin pensar y después menospreciar la crítica y no reconocer sus errores es soberbia. Esa soberbia es la que hace que sus disculpas, por muy sentidas que sean, se vean como parte de un guion y no resultado de una reflexión genuina.
La estrategia perfecta quizás funcione para sobrevivir al escándalo y salir del paso lo menos raspado posible, pero no puede evitar evidenciar lo que en verdad se es, ya que no enseña a pensar antes de hablar lo cual, dada la frecuencia de casos, se vuelve la parte más complicada.