Cada 10 de mayo México se llena de flores, festivales escolares, canciones y reuniones familiares. Es una fecha profundamente arraigada en nuestra cultura y en nuestros afectos. Sin embargo, detrás de cada celebración también existe una realidad que pocas veces se reconoce con la profundidad que merece: las madres de México sostienen todos los días una enorme parte de este país.
Y lo hacen casi siempre desde el sacrificio silencioso. Hablar de las madres mexicanas es hablar de mujeres trabajadoras que se levantan antes del amanecer para preparar alimentos, llevar a sus hijas e hijos a la escuela, salir a trabajar jornadas completas y regresar todavía a continuar con las labores del hogar. Es hablar de quienes han hecho de la fortaleza una forma de vida, aun cuando muchas veces el cansancio, las preocupaciones o la incertidumbre las rebasan.
En barrios como Tepito lo vemos todos los días. Aquí las madres no solamente cuidan a sus familias; también sostienen economías completas. Son comerciantes, emprendedoras, jefas de familia, cuidadoras y muchas veces el único sostén emocional y económico de sus hogares.
Muchas madres en nuestro país han tenido que aprender a hacer rendir lo imposible. A multiplicar el dinero cuando no alcanza. A salir adelante aun en medio de la adversidad. A cuidar a sus hijos mientras enfrentan violencia, abandono o falta de oportunidades.
Por eso el Día de las Madres no puede quedarse únicamente en los regalos o las felicitaciones. También debe ser un momento para reflexionar sobre la deuda histórica que México tiene con millones de mujeres que durante décadas han cargado sobre sus hombros responsabilidades que deberían compartirse socialmente. Porque ser madre no debería significar renunciar a los sueños, a la estabilidad económica o al derecho al descanso.
Hoy todavía existen miles de mujeres que enfrentan desigualdad laboral por el simple hecho de ser madres. Mujeres que reciben salarios más bajos, menos oportunidades de crecimiento o incluso discriminación al buscar empleo. También hay miles que realizan jornadas dobles o triples sin reconocimiento alguno.Y aun así siguen adelante.
También existen madres buscadoras que han convertido el dolor en lucha. Mujeres que, ante la ausencia de respuestas institucionales, salen todos los días a buscar a sus hijas e hijos desaparecidos. Madres que no celebran este 10 de mayo porque viven entre la incertidumbre y la esperanza. Ellas también merecen ser escuchadas y acompañadas por el Estado mexicano.
Reconocer a las madres implica mucho más que dedicarles un discurso emotivo una vez al año. Significa construir políticas públicas reales que les permitan vivir con dignidad. Implica garantizar acceso a salud, seguridad, empleo digno, estancias infantiles, educación y condiciones que permitan verdaderamente conciliar la vida laboral y familiar.
Como sociedad necesitamos dejar de normalizar que las mujeres carguen solas con la responsabilidad del cuidado. El cuidado también debe entenderse como una responsabilidad colectiva y una prioridad pública.
Desde la Cámara de Diputados tenemos la obligación de seguir impulsando acciones que fortalezcan los derechos de las mujeres y mejoren las condiciones de vida de millones de madres mexicanas. Porque cuando una madre tiene oportunidades, también las tiene toda una familia.
Las madres son el corazón de nuestros barrios, de nuestras comunidades y de nuestro país. Son quienes enseñan resiliencia incluso en los momentos más difíciles. Son quienes convierten las carencias en esperanza y quienes, aun con miedo, siempre encuentran la manera de sacar adelante a los suyos.
Este 10 de mayo celebremos a las madres, sí. Pero también hagamos conciencia de todo lo que todavía falta por hacer para construir un país más justo para ellas.Porque México tiene una deuda enorme con sus madres. Y reconocerlas no debe ser un acto de un solo día, sino un compromiso permanente con su dignidad, sus derechos y su bienestar.
María Rosete