Hay libros que tienen la rara virtud de poner en crisis nuestras convicciones. Against Empathy (Contra la empatía), del psicólogo estadounidense Paul Bloom, es precisamente uno de ellos. Desde su provocador título, Bloom desafía una de las ideas morales más arraigadas de nuestro tiempo: que una mayor capacidad para ponernos en el lugar de los demás necesariamente nos convierte en mejores personas.
La tesis del autor es tan incómoda como estimulante; no propone la crueldad, la indiferencia o el egoísmo. Su blanco es algo mucho más preciso: la empatía entendida como la experiencia de sentir, en cierta medida, lo que siente otra persona. Según Bloom, esa respuesta emocional puede nublar nuestro juicio, favorecer los casos particulares sobre las necesidades de la mayoría y llevarnos a decisiones moralmente deficientes.
El gran mérito del libro consiste en demostrar que esta intuición no es una simple provocación intelectual. Apoyándose en investigaciones de psicología, filosofía moral y ciencias sociales, examina situaciones en las que nuestra reacción emocional puede apartarnos de una evaluación más justa de los hechos. Tendemos, por ejemplo, a conmovernos intensamente ante el sufrimiento de una persona identificable, mientras permanecemos relativamente indiferentes ante problemas que afectan a miles o millones. La empatía, en lugar de ampliar automáticamente nuestra solidaridad, puede convertirse así en una brújula caprichosa.
Bloom propone distinguir entre empatía y compasión racional. Podemos preocuparnos profundamente por los demás sin asumir emocionalmente su sufrimiento. Esa distancia, lejos de deshumanizarnos, puede permitirnos ayudar de manera más eficaz y tomar decisiones menos condicionadas por prejuicios, afinidades o impulsos momentáneos.
Uno de los mayores aciertos del texto es su voluntad de discutir una palabra que parece moralmente intocable. Bloom escribe con claridad, ironía y una saludable irreverencia hacia las certezas contemporáneas. No pretende ofrecer respuestas cómodas: quiere obligarnos a examinar por qué consideramos buenas determinadas emociones y si, en determinadas circunstancias, esas emociones realmente producen buenos resultados.
El libro resulta especialmente pertinente en una época dominada por imágenes, testimonios y relatos capaces de provocar respuestas emocionales instantáneas. En las redes sociales, en la política y en los medios de comunicación, el sufrimiento visible puede adquirir un peso desproporcionado frente a problemas menos dramáticos, pero mucho más extensos. La pregunta de Bloom adquiere entonces una fuerza extraordinaria: ¿sentir más significa necesariamente juzgar mejor?
La respuesta del autor es un rotundo no, y ahí reside la potencia de su argumento. El libro no es, en el fondo, un ataque contra la humanidad, sino una defensa de una ética más reflexiva. Bloom nos recuerda que querer hacer el bien no basta: también debemos aprender a pensar cuidadosamente sobre las consecuencias de nuestras decisiones.
Provocador, lúcido y extraordinariamente oportuno, el libro consigue algo que toda buena obra de pensamiento debería perseguir: hacernos dudar de una certeza que creíamos indiscutible y, al hacerlo, obligarnos a pensar de nuevo.
@ElConsultor2