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¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

Columnas lunes 24 de febrero de 2020 - 00:23

Sin duda uno de los vacíos que ha permitido la propagación del mal en la sociedad tiene que ver con la desviación del Estado y con su incapacidad de crear condiciones sociales dignas para sus gobernados.
En México las cosas han llegado a límites vergonzosos, pero la expansión de la violencia está ocurriendo en buena parte de los llamados países tercermundistas. El sociólogo Boaventura de Souza piensa que entre más agudas son las contradicciones del sistema global capitalista, es decir, entre mayor sea la desigualdad económica, entre géneros y culturas, las relaciones sociales tienden a volverse éticamente repugnantes. Y es que en sociedades donde reina la injusticia social, sus integrantes terminan por competir agresivamente para acceder a la riqueza y participar de las escasas oportunidades. En estos casos, la violencia civil se vuelve determinante para la sobrevivencia.
Así es en lugares como Liberia y el Congo, en África Central, donde los warlords (los señores de la guerra), son los caciques que controlan sectores enteros de la sociedad usando el terror que imponen las armas de alto calibre. Como lo narró Kapuściński, son lugares en donde quien tiene un arma tiene derecho a comer y a disponer sexualmente de un cuerpo. El Estado y el gobierno son meras abstracciones.
Para el pensamiento de Occidente el ser humano es malo por naturaleza. El filósofo Thomas Hobbes, explica que el Estado existe debido a que el hombre es el lobo del hombre. Para él, las personas por naturaleza son egoístas, ambiciosas, se atacan entre sí porque persiguen sus propios intereses y actúan bajo la ley del más fuerte. Por eso debe surgir un orden (el Estado) que establezca límites y castigos a nuestras conductas naturales.
También para Freud los seres humanos somos presa de instintos primigenios que nos impulsan a la búsqueda de nuestros propios placeres. El principal de ellos es la satisfacción de la libido sexual, aunque también tenemos el impulso por la muerte y la destrucción. Estos instintos están inconscientemente en cada uno de nosotros, pero la cultura (el sistema de reglas de conducta, las normas morales y las prohibiciones) los reprime y controla bajo la amenaza del castigo legal o la culpa.
El filósofo Walter Benjamín pensaba que la principal violencia que se ejerce contra la sociedad es el sistema de derecho, o sea, el sistema de leyes porque vuelve legal un orden social que es injusto.
Todo lo anterior es la visión del ser humano desde occidente. En el pensamiento budista no existe una maldad originaria, lo que hay es desconocimiento. La ignorancia, es decir la incomprensión de los procesos esenciales de la vida y del funcionamiento del mundo, es lo que provoca el sufrimiento y la angustia que son las bases de toda violencia. La aceptación de tres leyes: nada es permanente, nada es fácil y todo es inseguro, así como la lucha contra el ego y el apego, hacen que nuestra mente se libere del caos que le provoca el mundo.
Pero estamos viviendo en una cultura global que enfatiza totalmente lo contrario. Hay una exaltación del yo y de las jerarquías a través de casi todos los productos cotidianos. Amamos el poder económico, racial y el machismo porque así ejercemos la imposición de una voluntad sobre otra. La violencia también está en cada uno de nosotros, en nuestras conductas cotidianas y en las emociones que las provocan. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?


















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/CR

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