Fabiola Sierra
Después de los resultados de las elecciones del 6 de junio, el presidente López Obrador decidió subir al ring a un nuevo enemigo: la clase media mexicana, en su dicho, aspiracionista y egoísta. En ese contenedor reúne a cualquiera con un nivel de ingresos medio, con licenciatura y estudios de posgrado, interesado en la investigación y en la lectura crítica, pero sobretodo cabe perfectamente aquel que piense en sentido contrario al del propio mandatario.
En la visión de López Obrador, él es el único medio para poder lograr un cambio, pensamiento que comparte con cualquier otro líder populista. Es cierto que México está cambiando, pero no necesariamente en el sentido que gran parte de la población desea. AMLO es incapaz de ver que lo que él llama clase media le puso un freno a ese cambio, no necesariamente para volver al pasado, pero sin duda para no seguir en la ruta a la que nos encamina. Una muestra clara es la Ciudad de México. Esta ciudad concebida así misma como de izquierda, un conglomerado de gente que ha ganado muchísimo en el espacio de los derechos y las libertades, se fragmentó. No porque ahora se conciba conservadora, sino porque justamente no quiere, parafraseando al presidente, que alguien se encarame lo más que pueda, sin escrúpulos morales.
Las frases de AMLO me recuerdan los maravillosos discursos de López Portillo, quien con una gran capacidad histriónica en su sexto informe de gobierno en el año 1982 dijo: “No estamos unidos para que unos pisen y se encaramen sobre otros; ni para facilitar explotación y abuso; ni para que pocos se salven y muchos se hundan.” Y es que parece atascado en ese pasado de consecuencias terribles.
Incapaz de tener una visión más amplia, el eterno candidato busca siempre a un enemigo para enfrentar sus propias incapacidades. El Jefe de Estado no comprende que gobierna a todos los mexicanos, que no existe un ustedes y un nosotros, que somos una colectividad diversa con distintas necesidades, pero con una deseo común.
Esta manera de ver a la comunidad como sociedad de clases, es otra muestra de la visión anacrónica de AMLO. La heterogeneidad de la población, acompañada de una diversidad geográfica muy marcada, constituye uno de los rasgos sobresalientes de nuestro territorio y, las diferencias entre ricos y pobres no son solo de dinero. Empeñado en que siempre haya perdedores y ganadores, convierte la vida pública en una guerra. Las sociedades igualitarias y prósperas se construyen pensando en los derechos y esto no es concebible en un ambiente de lidia.
La clase media en México, entre dimes y diretes del gobierno en turno, se dispersa entre una clase social alta, y la englobada como clase pobre; y, a la que por el hecho de pensar diferente y hacerlo notar recientemente en las urnas se le castiga y se elige para ser el nuevo adversario en la contienda.
Basta ya de estos y aquellos. Cuándo entenderá el presidente que este es el momento del nosotros. El instante histórico de caminar juntos hacia un mejor México: un México de derechos.