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Como si no hubiera mañana

Como si no hubiera mañana

Columnas martes 10 de marzo de 2020 - 00:18

El nombre de marzo 2020 es pánico. A nivel global, el brote del coronavirus y la decisión de Rusia y Arabia Saudita de romper el acuerdo de producción de petróleo con la OPEP,han generado crisis generalizada en los mercados financieros y terror en una buena parte de la población mundial, sobre el futuro económico. El catastrofismo es una muy mala apuesta. Si el mundo se va a acabar, lo de menos es que uno escriba un artículo, o dos, o 10, o haga una declaración de cualquier tipo. Si uno sabe buscar, de forma permanente hay avisos o alaridos de que “ahora sí” se viene el fin. Puede ser de una economía, de un régimen, de un país, o del mundo. El apanicado deja de ver y oír, y su percepción llega tarde a la realidad, por lo que necesita una reiteración emotiva de que la crisis ha pasado, no le sirve ni información, ni hechos, ni nada más. Pero el mundo nunca se acaba, y el catastrofista queda como un incoherente que cedió a los instintos más burgueses de evasión.

Italia ha puesto en cuarentena a varios millones de personas, como China hizo lo propio en la provincia de Hubei. Esta es una medida más política que sanitaria, que consiste en focalizar el problema, magnificar su importancia en esa demarcación y tomar medidas radicales en ella. Sirve para “encapsular” epidemias, terrorismo y cualquier otro problema que tenga a la población en la zozobra de una afectación aleatoria. No estoy diciendo que no estén también tomando medidas racionales para contener el virus. Solo estoy diciendo que la cuarentena de ciudades completas no es una. Pero tiene el efecto de tranquilizar a las personas fuera de esas regiones, y en otros países. “Ya se está lidiando con eso, ya se cerraron las fronteras”, es el mensaje. El virus, cuya letalidad no es de las más elevadas que se han sufrido los últimos años, durará su ciclo normal y se tendrá como antecedente de una victoria de la ciencia médica sobre la pandemia.

Respecto de la crisis económica de los mercados y la depreciación (que no devaluación) del peso, podemos esperar también un momento incómodo seguido de un periodo de nuevo equilibrio. Este no es el México de Miguel de la Madrid, donde a un alza de 30 por ciento del dólar seguía un aumento inmediato del mismo porcentaje en la inflación de todos los bienes. Hoy México exporta más a EU de lo que importa, y una moneda barata volverá aún más competitivas las exportaciones nacionales. No estoy diciendo que mientras más cueste el dólar, mejor, ni mucho menos. Simplemente que los efectos serán mixtos y tenemos que dejar de analizar la realidad actual con categorías emocionales de hace 40 años. Ojalá podamos. Lo contrario no sirve de mucho.


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/CR

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