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Estos días de guardar 

Estos días de guardar 

Columnas jueves 02 de abril de 2020 - 00:33

En el pueblo de la mixteca, donde pasé mi feliz niñez, la Semana Santa estaba llena de rituales y tradiciones. El Domingo de Ramos se bendecían las cruces de palma, que se colocaban detrás de las puertas para defender el hogar del mal. El jueves se cubrían espejos e imágenes y se hacía la visita de las siete casas, que, en un lugar donde solo había dos iglesias, la Parroquia y el Calvario, estaban todas dentro del mismo recinto, en diferentes altares. El viernes se rezaba el Credo a las tres de la tarde y mi casa y el pueblo entero, caían en un silencio sepulcral, lleno de temores y terrores porque Cristo había muerto y las almas estaban indefensas; nadie salía de su casa. Así hasta la madrugada del sábado, cuando las campanas tocaban alegremente y se celebraba la Gloria, la Resurrección del Señor, con una fiesta popular caracterizada por el baño de agua, en público y en privado, porque, aunque usted no lo crea, yo conocí al menos a un señor que solo se bañaba ese día en todo el año.

Los días de luto y tristeza se conocían como “días de guardar”. Así se llama el primer libro de crónicas que publicó Carlos Monsiváis y así se conocían, en la cosmogonía mexica, los cinco que ajustaban el calendario usado, si mal no recuerdo, en los cuales también había peligro de padecer daños diversos.

Hago este somero prólogo para contar que estamos viviendo momentos tristes, sombríos, de incertidumbre y temor, donde las autoridades nos llaman a guardarnos, a no salir si no es indispensable, a no visitar ni ser visitados. Quédate en casa, es el lema, como mantra contra el avance de la enfermedad, el amenazante coronavirus, que nos cambió la vida.
Los mexicanos, en general, son gregarios, les gusta la gente, son felices en la multitud, disfrutan la compañía y andan en la calle siempre que pueden. Hoy no se puede, no se debe, es imprudente y riesgoso. Así que, como en los días de guardar de las tradiciones religiosas, hay que evitar salir, hay que recluirse.

Creo que es posible, para contrarrestar lo obligado, hacer un ejercicio voluntario de introspección, destapar los espejos que nos muestran lo que no queremos ver y aprovechar la circunstancia para analizarnos con objetividad. ¿Somos lo que parecemos, la imagen que hemos creado? ¿Estamos satisfechos con el modo en que vivimos? Es propicia la ocasión, como se decía en antiguas cartas, para revisar nuestra personal historia.

No hay mal que por bien no venga, dice un dicho popular. De este mal, la epidemia que nos sacude, podemos sacar un bien. Después del sufrimiento, la preocupación, el disgusto, no podemos salir iguales, ser los mismos, tenemos que encontrar algo, íntimo y profundo, que haga que lo sucedido valga la pena.

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/CR

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