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Héroes de la ideología

Héroes de la ideología

Columnas jueves 20 de agosto de 2026 -



El nombre de esta columna podría ser también el de alguna colonia del Estado de México, y sería de las bravas. Porque el ideólogo es una especie de filósofo de mecha corta y armas tomar. Para que no haya malentendidos, debemos asumir que las ideologías son necesarias para la transformación social deliberada y orientada. Pero Cuando la afinidad con una de ellas se transforma en una visión totalizadora de la realidad, capaz de absorber toda la experiencia y convertir la complejidad social en una sola narrativa cerrada, entonces el asunto deja de ser un movimiento y se convierte en una iglesia. Allí se abre un peligro doble: por un lado, se estrecha el pensamiento; por otro, se endurece la acción política hasta volverse impermeable a la crítica y, el disenso, con la herejía. Es común.
Gramsci es uno de los autores mas influyents sobre el tema. Para él, la hegemonía social no se mantiene solo por coerción, sino por consenso: una forma de ver el mundo se vuelve “sentido común”, es decir, algo tan natural que deja de percibirse como construcción histórica. Ese mecanismo puede empezar de forma gradual. Primero, una ideología ofrece categorías para comprender injusticias; luego, esas categorías pasan a organizar la cultura, la moral y la identidad colectiva. Finalmente, el grupo no solo defiende un programa político: reclama autoridad para decir qué es la realidad misma. El riesgo es que el desacuerdo deje de ser diferencia legítima y se convierta en desviación, error o traición. Así, la ideología deja de ser un instrumento para la acción y se vuelve un marco que captura la totalidad de lo pensable. Aquí podemos ver, claramente, las raíces de las políticas identitarias, que se asumen conscientes de una hegemonía ideológica diseñada para oprimirlos (al grupo que sea, racial, sexual, nacional).
Mannheim es el otro referente mínimo. En su lectura sociológica del conocimiento, las ideas no están es un espacio cognitivo neutral, sino que están situadas. Por eso, la ideología suele funcionar como una “perspectiva” ligada a una experiencia social, y esa perspectiva ilumina aspectos que otros marcos omiten. Pero cuando se absolutiza, la perspectiva pretende sustituir al mundo por su propia imagen. Mannheim muestra con claridad por qué esto es tentador: ofrece coherencia y pertenencia. Sin embargo, al hacerlo pierde la autorreflexión, es decir, la capacidad de reconocer que incluso la propia visión es parcial y condicionada. La simpatía intelectual se vuelve dogma político cuando la doctrina deja de confrontarse con los límites de su propia perspectiva. Por eso, contra lo que algunos dicen, la ideología no se combate con ideología, sino con la razón, pero eso es más incómodo, porque hay que pensar, y así.

Aristóteles nos brinda una alternativa: la búsqueda de causas y el reconocimiento de la pluralidad de fines puede llevar a errores, pero nunca al fanatismo violento (bueno, él no lo dice así, pero me aventuro a sintetizarlo) En su Ética a Nicómaco, la vida práctica no se organiza desde una “ecuación moral” como las que proponen los demagogos, hoy y siempre, sino desde la deliberación, la prudencia y el juicio honesto sobre circunstancias concretas. Aristóteles no niega la necesidad de principios, pero advierte que la acción requiere discernimiento, porque los asuntos humanos son contingentes. Además, su enfoque de la polis supone que las diferencias —de temperamento, intereses, talentos— no desaparecen: se ordenan mediante formas de convivencia y educación cívica, no mediante una unificación total del sentido. Donde una visión totalizadora pretende abarcarlo todo, Aristóteles insiste en el trabajo paciente del juicio.
Por eso, la frontera peligrosa entre simpatía e instrumentalización totalizadora es la renuncia a la deliberación. Si la ideología se presenta como explicación completa, y no como brújula, empieza a exigir lealtad ontológica: que el mundo “encaje”, a como dé lugar. Si mi catecismo político no da para entender la realidad, será que los malos la están deformando. Patético.
Se puede aceptar que las ideologías existen y que no somos impermeables a la normalización de una narrativas hegemónica desde que nos forman (la familia el Estado, el cristianismo, Occidente), sin renunciar por ello a nuestra capacidad de pensar y a la conciencia de que al mundo no lo explica un eslogan baboso. Espero.


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/CR

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