Hace unos días tuve la oportunidad de viajar a otro país y volver a disfrutar algo que me ha gustado desde que era muy pequeña: conocer lugares y descubrir cómo transcurre la vida fuera de lo que me resulta familiar. Mientras recorría otros espacios, pensaba en los viajes que han formado parte de mi historia y en cómo cada uno me ha dejado recuerdos, preguntas y maneras distintas de entender lo que sucede a mi alrededor.
Creo que el gusto por viajar se lo debo a mi papá. Era un hombre que viajaba muchísimo y, si alguien conoció toda la República Mexicana, fue él. Viajar formaba parte de su manera de vivir, de relacionarse con el mundo y de disfrutar su existencia; fue algo que siguió haciendo hasta sus últimos días. Cuando pienso en esa parte de su vida, reconozco cuánto dejó en la mía, porque desde pequeña aprendí con él a sentir curiosidad por lo que había más allá de casa.
Uno de los recuerdos más queridos que tengo es el de un viaje por la República que mi papá me regaló y que hice con mis dos primas, en el que pude conocer desde Tijuana hasta Puebla. Fue inolvidable por todo lo que descubrí y por la emoción de compartirlo con ellas a una edad en la que cada lugar parecía abrir una posibilidad. Entre una ciudad y otra, iba comprendiendo que mi país era mucho más grande y diverso de lo que alcanzaba a imaginar desde casa.
Hoy pienso que mi papá me regaló también una oportunidad de ampliar mi mirada, aunque entonces yo no tuviera las palabras para explicarlo. Conocer otros paisajes, escuchar distintas maneras de hablar y encontrar costumbres que no eran las mías me permitió acercarme a esa diversidad desde la curiosidad. Muchas de las cosas que descubrí en aquel recorrido siguen conmigo, vinculadas al cariño de mis primas y a la gratitud hacia él por haberme dado una experiencia que todavía recuerdo con tanta alegría.
Con los años he encontrado en los viajes un placer que va cambiando conmigo. Sigo disfrutando la emoción de llegar a un lugar que no conozco, pero ahora presto más atención a lo que ese encuentro mueve en mi manera de pensar. Me interesa observar cómo las personas utilizan sus espacios, cómo conviven y qué consideran importante, porque en esas escenas cotidianas aparecen diferencias que me llevan a revisar lo que yo había aprendido a considerar normal.
Cuando viajo al exterior, esa sensación se vuelve más evidente. Estar en otro país me permite reconocer cuánto de mi forma de entender el mundo pertenece al entorno en el que crecí. Hay hábitos que llevo tan incorporados que apenas los noto hasta que encuentro a alguien que hace las cosas de otra manera. Entonces me pregunto por qué esperaba que fueran iguales y con qué facilidad podemos convertir nuestras costumbres en una medida para juzgar las de los demás.
Ahí encuentro una relación entre viajar y deconstruir. Para mí, deconstruir implica revisar el origen de algunas certezas, reconocer los prejuicios que hemos aprendido y permitirnos cambiar de opinión cuando la experiencia nos muestra algo que desconocíamos. A veces ese proceso comienza con una incomodidad pequeña, con una forma de convivencia que nos sorprende o con una conversación que contradice lo que habíamos supuesto sobre un lugar.
También he pensado en lo que significa necesitar ayuda fuera de nuestro entorno. Cuando una desconoce cómo llegar, no comprende del todo una indicación o tiene que preguntar algo que para los demás resulta evidente, agradece la paciencia de quien se detiene a explicarle. Esa experiencia puede acompañarnos al regresar y ayudarnos a comprender mejor a quienes llegan a nuestro país o a nuestra ciudad sin conocer todavía sus códigos.
En este viaje reciente volví a reconocer a aquella niña que disfrutaba recorrer México con sus primas y quería saber qué encontraría después. Ahora llevo conmigo otras experiencias y otras preguntas, pero conservo esa curiosidad que mi papá ayudó a alimentar. Cada vez que viajo encuentro algo de esa herencia suya, de la manera en que disfrutó recorrer nuestro país hasta los últimos días de su existencia, y siento que aquel regalo sigue creciendo conmigo cuando lo vivido me permite comprender un poco mejor a los demás.