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Logros monárquicos

Logros monárquicos

Columnas viernes 03 de junio de 2022 -

La monarquía es un sistema de gobierno que modernamente ha favorecido la institucionalización de la estabilidad social y política. Ha compatibilizado perfectamente con los sistemas democráticos contemporáneos, que viven bajo el amparo del sistema constitucional parlamentario.

Podría parecer lejano para un sistema constitucional de corte presidencialista, como el mexicano, referirnos a las características del sistema parlamentario, en torno a la particularidad del ejecutivo. Para el primero, la autoridad presidencial concentra la dualidad jefe de estado-jefe de gobierno, la primera, que encarna la primacía y la continuación de las instituciones, ostentando la jefatura del ejército y la facultad de sanción, es decir, firmar una ley para que cobre vigencia. El segundo, es un cargo temporal que depende de los comicios y de su respectiva elección por el parlamento, con posibilidad de conformar un gobierno, que en los hechos es quien auténticamente gobierna. En el sistema presidencialista, el poder se centra en la autoridad del presidente que además de conformar un gobierno, tiene en sus manos la titularidad del estado y de sus recursos, como la jefatura de las fuerzas armadas.

La jefatura del estado, en los sistemas monárquicos parlamentarios, es ostentada por el monarca, que aleja de las manos de la contienda política a instituciones tan importantes como las fuerzas armadas, evitando, de ser el caso, el peligro de la politización entre la tropa, sometida a los repentinos cambios ideológicos del gobernante electo y de sus intereses electorales.

Común es escuchar entre las voces críticas hacia la monarquía, que el hecho de no gozar con la elección popular, le resta legitimidad. Falso. La razón está en que confiar el estado a las contingencias de un gobierno electivo, sometería la institucionalidad a las mil circunstancias de los haberes del poder. El poder día a día se confronta consigo mismo. Lo común es castigar a través de los comicios al gobierno en turno, pero dejar intacto al estado, cuyo funcionamiento no puede someterse ni a los escándalos de la clase política, ni mucho menos a los conflictos electorales.

Hemos visto el ascenso de sistemas populistas que han arribado al poder gracias al favor popular, utilizando a las propias instituciones para dañarlas, en pos del empoderamiento de un sector. En los sistemas presidencialistas no existe un contrapeso efectivo, no sometido al capricho popular, o a las corruptelas políticas, que frene el ascenso del populismo. La monarquía, con la partición del ejecutivo, aleja del gobierno el patrimonio sagrado de toda una nación: el estado.

El sistema constitucional británico, celebra a su reina, al tiempo que reconoce décadas de estabilidad y desarrollo. Tienen mucho qué festejar, en especial, no dejándole el plato completo a un solo presidente que depende de qué tanto le agrade o no a la voluble sociedad, tan gustosa por engañarse.


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