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ORALIDAD Y ESCRITURA

ORALIDAD Y ESCRITURA

Columnas lunes 26 de octubre de 2020 - 00:13

La escritura es el vestuario de la lengua oral, su representación mediante signos que aprisionan el tiempo y el espacio del habla y su energía emisora. La evolución mental del homo sapiens es equivalente al desarrollo del lenguaje, de tal manera que no se entienden ambas entidades por separado. El hombre y la mujer aparecen en el tiempo cuando la palabra certifica su existencia, cuando su pasado milenario y festivo, se enciende y apaga al ritmo de las voces anónimas que oscilan, como las notas musicales, entre el sonido y el silencio de la hoguera primigenia.

La aparición de la escritura representa la entrada del hombre a la historia, atrás queda la pre-historia y la humanidad emerge del anonimato y empiezan los registros contables, las hazañas de los dioses y los héroes, los relatos cosmogónicos, la descripción y el nombramiento del mundo y los seres que lo pueblan. En el génesis bíblico, Adán es el que nombra, porque nombrar y escribir lo nombrado, equivale a poseer. De alguna manera, Adán es un autor en segundo grado, porque su padre es el que sustenta el Verbo, el acto de crear desde el vacío.

En este sentido, si la oralidad es milenaria, la escritura es una recién llegada al periplo de la civilización y es natural, entonces, que surjan los conflictos entre ambas expresiones del lenguaje. Por ejemplo, Sócrates desconfiaba del texto escrito y extrañaba la voz del hablante, perdida entre la maraña de los signos. Cristo sólo escribió unos signos enigmáticos en la arena que el viento diluyó, ante la presencia de una mujer adúltera. El filósofo griego y el predicador hebreo son personajes que se encuentran en un punto de quiebre, representan las profecías de la razón y de la fe, pero su voz está anclada en la tradición, lo cual no impide que sus pensamientos adquieran residencia en la escritura, gracias a sus discípulos.

Plantón aplicó un especie de escáner al cerebro de Sócrates, lo tradujo mediante un código nuevo para que trascendiera los siglos venideros, ya no como persona sino como personaje, como un ente de ficción. Una caso similar le ocurrió a Cristo. A los cuatro evangelios autorizados hay que sumar los textos apócrifos y las múltiples interpretaciones que hicieron los padres de la iglesia, para integrar un corpus canónico y dogmático, impermeable al paganismo y la herejía. La suerte de Jesús no fue mejor que la de Sócrates: ambos murieron pos su ideales y ambos fueron inmovilizados por la palabra escrita. Los escribas de su tiempo, a la manera de los sacerdotes egipcios, les impusieron un proceso de momificación, para convertir después sus obras en pirámides verbales imponentes.

Pero la escritura, a pesar de ser un invento revolucionario, se mantuvo por siglos entre las élites ilustradas, mientras que el grueso de la población continuó con sus tradiciones orales a lo largo de la Edad Media, pues eran los monjes de los monasterios quienes ejercían el oficio de “copistas”, o amanuenses y trascribían los textos sagrados, incluidas algunas obras de creación, que previamente eran autorizadas por la iglesia católica.

En este contexto, la literatura medieval se recitaba y cantaba por los juglares en las plazas públicas, en lugar de lectores había escuchas y la mayoría de los relatos eran anónimos o falsamente atribuidos a un autor legendario. Imperaba el imaginario colectivo y las obras evolucionaban, según los estados de ánimo del juglar o de su público. Eran textos abiertos, ajenos a la clausura que impone la palabra escrita.

Sin embargo, esta práctica de la oralidad, como una manifestación de la cultura, pronto habrá de cambiar con la imprenta, invento de Johannes Gutenberg, en 1440, que inaugura la triada del autor, el libro y el lector. La impresión en serie de los libros extenderá su imperio por todo el planeta y lo gobernará durante 550 años. Hasta llegar a los umbrales de la era digital.


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/CR

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