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Una Iglesia mundana

Una Iglesia mundana

Columnas lunes 14 de diciembre de 2020 - 00:51

Por Hugo Valdemar

Personalmente me siento muy desconcertado cuando en la Iglesia se publican un sinfín de documentos, cada uno de los cuales parece tener la solución a la terrible descristianización y la pérdida de la relevancia de la fe en una sociedad cada vez más secularizada; en vez de hablar de Jesucristo, de su evangelio, del pecado, de la gracia de salvación y condenación eternas, de conversión, se habla de globalismo, ecología, conversión ecológica, ecumenismo, fraternidad a secas, misericordia sin justicia, de salvar el planeta y tantas banalidades que no pueden menos que recordarnos aquellas duras palabras del profeta Jeremías: “Se fueron tras vaciedades y se quedaron vacíos”. O aquella durísima observación del filósofo Andrea Emo: “La Iglesia fue por muchos siglos la protagonista de la historia, después asumió la no menos gloriosa etapa de antagonista de la historia; hoy es solamente la cortesana de la historia”.

La Iglesia que olvida su fin que es la salvación de las almas, que pierde de vista la vida eterna, que no fomenta la santidad de sus miembros, que desacraliza y banaliza la liturgia, que diluye la moral y busca acomodarse a la inmoralidad del mundo, que relativiza su propio valor poniéndose como una más de las religiones a las que considera buenas y queridas por Dios, faltando así a la verdad, pues no hay más que una sola fe verdadera y una sola Iglesia verdadera y un único Salvador que es Jesucristo, fuera de él nadie se salva. Una Iglesia que se obsesiona en dialogar con un mundo que no tiene la más mínima intención de dialogar con ella y tomarla en serio, y que la desprecia profundamente porque ella misma no se respeta ni se toma en serio, una Iglesia que siente inferior y busca aceptación ecuménica y de los no creyentes, siendo que al único que debería buscar agradar es al Señor, una Iglesia que ha olvidado cuáles son sus tres enemigos: mundo, demonio y carne y busca el acomodo con ellos, una Iglesia así, es una Iglesia que ya no sala, se ha vuelto insípida y solo sirve para ser arrojada a la calle y que los hombres la pisen.

Afortunadamente Dios no abandona a su Iglesia, sigue habiendo buenos pastores que se preocupan realmente por la salvación y santificación de los fieles, que siguen hablando de Cristo y su evangelio, que sin protagonismo, apartados de esta mundanidad de la Iglesia, creen en la eficacia de la palabra de Dios y de los sacramentos, celebran con piedad la santa misa, confiesan sin miedo al coronavirus, atienden a los enfermos, escuchan y aconsejan a sus fieles, oran por ellos, y ahuyentan a los lobos del rebaño y lo mantiene a salvo de teologías e ideologías toxicas, mundanas y hasta heréticas.

Y quizá aún más admirables son los fieles laicos, los cristianos perseguidos en China, África y Medio Oriente, los mártires que son víctimas del demoniaco islam, los cristianos de Francia y Siria que se han rebelado contra las medidas de gobiernos que, con el pretexto de la pandemia los ha privado de la eucaristía, demostrando heroicamente y a despecho de pastores pusilánimes, que sin la eucaristía un cristiano no puede vivir.


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