Un amigo abogado lamentaba ayer que uno de sus clientes, que está en la cárcel, cuestiona con frecuencia la estrategia legal propuesta para su proceso, porque le meten ideas y opiniones varios de sus amigos - que no son otros abogados, sino otros presos-. Irónico pero común, a los arquitectos y a los médicos les pasa igual. La crisis de confianza en la sociedad no es nueva. Los indicadores internacionales, como Transparencia Internacional y el barómetro de Edelman, revelan que existe un profundo descredito hacia los gobiernos y los medios de comunicación. Esta realidad importa porque la opinión pública se formaba históricamente en la tensión entre la propaganda y la prensa crítica; entre la desinformación oficial y la denuncia periodística se forjaba, de alguna manera, una brújula colectiva. Hoy esa brújula parece deshilacharse, dando lugar a cosmovisiones descreídas (no escépticas, porque para ser escéptico hay que pensar) y a interpretaciones del mundo cada vez más fragmentadas, relativistas de contentillo. No es que todo sea relativo o que realmente lo pensemos, porque no nos atreveríamos a cruzar una calle si creyésemos que el verde y el rojo significan lo que decida cada quién. Es un tema sobre todo ético y político.
En este paisaje, se salva, con ciertas cortapisas, la figura de los expertos y, sobre todo, de los pares, es decir, la gente como uno: el compañero de trabajo, el compadre o el vecino. Estas voces “de carne y hueso” ocupan un espacio relacional que la desconfianza institucional no logra erigir completamente. Son, en cierto modo, anclas sociales que sostienen la idea de que la experiencia cotidiana puede aportar un norte frente a la avalancha de datos y discursos que circulan sin un estándar claro de verdad. Sin embargo, esa salvación es frágil: los pares también pueden convertirse en cámaras de eco, donde la validación se logra por afinidad más que por evidencia, y donde la conversación se transforma en un ritual de pertenencia.
Paralelamente, la beligerancia por trivialidades y la militancia gratuita para defender políticos y corporaciones son quizá más frecuentes que nunca. En un mundo saturado de información, el compromiso se simplifica en consignas y señales que no exigen pregunta, sino adhesión. Estas formas de pugna cognitiva no sólo desvían la atención de problemas complejos; también construyen identidades políticas basadas en la oposición constante, en lugar de acuerdos posibles. El resultado es una circulación de discursos que priorizan la afirmación de grupo por sobre la indagación, o siquiera la ironía -que los próceres de hoy no merecerían más-.
Imagino que la raíz de este fenómeno reside en un desencanto doble: por un lado, un nihilismo que desarma el terreno de la confianza en cualquier estructura de autoridad (legal o no, científica o no); por otro, una angustia por la falta de identidad que haga a la persona reconocible en un paisaje social cada vez más genérico y borroso. Si la identidad tradicional —empleo estable, afiliación comunitaria, roles definidos— se debilita, el individuo busca pertenencia y significado en espacios que prometen claridad: marcas, corporaciones o movimientos radicales. Estas ofertas de identidad operan como Leitmotiv en la cultura actual: definen “quién soy” a partir de pertenecer a una causa, a un estilo de vida, a un estilo de consumo, a una marca. En ese marco, la verdad se difumina o se reduce a lo que “parece correcto” para ese grupo, o a lo que la cultura dominante ha convencido de que es posible conocer. Si la verdad, o no existe, o nadie puede conocerla, entonces la identidad se vuelve una construcción performativa: se ensaya, se exhibe, se negocia con otros para asegurar corroboraciones sociales. Y ese es el capital social que cuenta, al menos hoy.