En las semanas recientes he tenido oportunidad de ver los partidos del Toluca, dirigido por Antonio Mohamed, en el torneo de la Liga MX; la verdad es que no hay en estos momentos un equipo que juegue tan bien al futbol como los Diablos Rojos, da gusto verlos; el plantel domina a la perfección el sistema de su DT, vistoso y preciso. A mí, que me gusta el buen futbol, me gustaría ver a los tolucos alzarse con el título del actual mini campeonato. Sin embargo, no será nada fácil, en vista de lo azaroso de nuestro balompié. Al final casi nunca gana el que juega mejor, sino aquel que sabe manejar los partidos y el marcador, poniendo por delante el fin antes que el medio. No me gusta, pero así es.
Para la temporada de 1974-75 llegó a dirigir al cuadro choricero el uruguayo Ricardo de León Aroztegui, un tipo bastante peculiar, con la promesa de trabajar duro y conseguir buenos resultados, aunque no se comprometió a ganar el campeonato. De León era un estudioso de la táctica que diseñó un sistema tomando varios elementos del catenaccio italiano y otros como el “achique” de la cancha, el “pressing” y el contragolpe fulminante. Además, hizo énfasis en el aspecto físico-atlético, que en aquella época aún no estaba tan desarrollado como en la actualidad; los jugadores toluqueños tenían mejor condición que sus rivales.
El resultado fue un futbol ultradefensivo que especula y aprovecha los espacios generados por el rival para dar toques largos. Aún cuando era local, el Toluca se atrincheraba, evitando recibir goles antes que anotarlos, en espera del momento preciso para lanzar contragolpes mortales. Esta forma de jugar -inédita en México- no resultaba vistosa ni emocionante, incluso el público se ausentó de las gradas de La Bombonera, porque los partidos eran soporíferos; el Deportivo Toluca esperaba atrás sin inmutarse del marcador, sin prisa por anotar; encimando al rival, cortándole la salida, provocando el fuera de lugar y congelando el balón antes de lanzarse al contraataque.
Si bien no poseía un futbol bonito, el cuadro rojo era demoledor y contundente; los equipos rivales, cuyos DT no sabían cómo resolver el galimatías, se volvían locos intentando abrir el cerrojo. Sólo expertos en defensas, como Nacho Trelles y Árpad Fekete, encontraron la forma de contrarrestar esa defensa a ultranza. Conforme avanzó el torneo (que tenía 38 fechas), el sistema de de León funcionaba cada vez mejor. Otros técnicos, como José Antonio Roca del América y Antonio Carbajal del Unión de Curtidores, se quejaban amargamente del estilo choricero; también muchos periodistas y jugadores criticaban esta forma de jugar; “el cangrejo rojo” le decían, pero en el fondo sólo demostraban que el Toluca era superior. Ricardo de León permanecía impasible ante las críticas de propios y extraños: “hoy no gustamos, pero ganamos y al final eso es lo que cuenta ¿no?”, “tejimos una red y el Atlas cayó en la trampa”, “cero cero, estoy contento con el punto obtenido”, “el futbol lindo me gusta, pero con ese no se gana”, eran declaraciones típicas del DT uruguayo.
Los Diablos Rojos se alzaron con el campeonato en dicha temporada (el tercero de su historia hasta ese momento), su sistema fue efectivo para conseguir la victoria final, sin importar el cómo.
En las vitrinas del Toluca está el trofeo y nadie se pregunta si fue obtenido jugando bonito, lo único que importa es que ahí se encuentra para orgullo de su afición. En la alineación de este equipo mítico, estuvieron, entre otros: Walter Gassire, Roberto Matosas, Héctor Hugo Eugui, Ítalo Estupiñán, Eduardo Ramos, Javier Cárdenas, Mario Medina y Vicente Pereda. Hasta el jueves…