Esta es una frase recurrente en los últimos años entre el personal de salud, en cualquier parte del país, en cualquier hospital público. No importa que sea parte del IMSS, del IMSS Bienestar, del ISSSTE, de las Fuerzas Armadas (ISSFAM), los institutos nacionales o la más modesta clínica del sector salud.
En la opinión pública sabemos a cuentagotas de estos malestares, que sólo se hacen públicos si salen a las calles, bloquean caminos y exigen algo tan simple como jeringas, jabón para lavarse las manos, gasas, etc. Hablar de equipos para venoclisis, bloqueo, equipo para anestesia, efedrina, es otra cosa.
En otras palabras: miles de personas del sector salud trabajan en la precariedad total. Mientras el gobierno reparte miles de millones de pesos a los jóvenes que construyen el futuro, miles de los cuales no sabemos realmente qué hacen para mejorar sus condiciones de vida; personas que trabajan turnos ininterrumpidos de más de treinta y seis horas, que al pasar del tiempo acumulan enfermedades crónicas por la sobrecarga de trabajo y maltratos institucionales, reciben por paga menos dinero que quienes sólo estiran la mano.
Esto es una afrenta nacional al esfuerzo de años de trabajo, a las miles de personas que estuvieron en la primera línea de defensa de nuestra salud en la Pandemia reciente, y a quienes simplemente no volteamos a ver, simple y sencillamente, porque ellos no están organizados en un sindicato nacional que tenga capacidad de movilización e interlocución como el gobierno, como sí lo tienen el personal del sector educativo nacional.
Buena parte de la tragedia de nuestras políticas públicas es que cada vez tienen más política y menos técnica. Se desarmó el sistema de cadena de suministro de medicinas por “corrupción”, pero para eso estaba la Comisión Federal de Competencia Económica, que podía investigar prácticas monopólicas o asociaciones indebidas para inflar los precios de los productos médicos. Las sanciones serían económicas contra las empresas y personales contra los directivos responsables; pero sin afectar a la población más vulnerable: los pacientes. El remedio fue peor que la enfermedad: asignaciones directas con precios más inflados que nunca.
Sin decirse, se acabó a nivel federal el gobernar con la pura saliva, con ofrecer un sistema del sector salud como en Dinamarca, mientras los hospitales públicos al interior cada vez tienen menos y sus inmediaciones son regularmente auténticas zonas insalubres en los que se vende ropa, alimentos y medicinas con las mayores condiciones de precariedad. No hay necesidad de irse a los rincones de la patria: vean las inmediaciones del Hospital General o del Centro Médico Nacional Siglo XXI del IMSS, ambos en la colonia Doctores; en el corazón de la Ciudad de México.
¿Por qué en México se diseñan políticas públicas desde los prejuicios, las venganzas y las vendettas políticas? Porque se lo hemos permitido a gobernantes que no podrían ni autoemplearse para sobrevivir.