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El Canto del Cisne

El Canto del Cisne

Columnas viernes 30 de enero de 2026 -

Stephan Zweig en “El Mundo de Ayer”, expresa, con profunda melancolía, su añoranza infinita por el “paraíso perdido”, por la añeja capital del Imperio Austro-Húngaro, cuyos últimos años vieron el nacimiento del psicoanálisis; del positivismo lógico; del arte y la música modernos, de Freud a Wittgenstein, de Klimt a Mahler, y una pléyade de artistas e intelectuales que de alguna forma querían dejar testimonio de una larga agonía, finalmente concretada con la Primera Guerra Mundial, donde el desmembramiento del larguísimo reinado de los Habsburgo, trágicamente daría pie a nuevas y débiles repúblicas, incapaces de soportar por sí mismas la envestida nazi que desestabilizaría completamente la geopolítica centro-europea arrojándola primeramente al terror de la Segunda Guerra Mundial y, posteriormente a la conquista bolchevique, tan genocida y miserable como su hermana fascista, nutrida por contingentes populares que, rabiosos, se entregaron felices al fanatismo genocida que les prometió bienestar.

La melancolía de Zweig, posiblemente sólo se compare a la tristeza del adagio de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler, con su cadencia meditabunda que parece suspirar por aquello destruido, con las aguas del Danubio congeladas, y las fronteras del Moldavia pulverizadas por la horda roja, o la costa croata borrada del mapa bajo las alas del águila bicéfala de la casa habsburguesa.

Cuando se derrumba el mundo, es como el huir desconcertado de Walter Benjamín que, como Zwieg, tendrían el mismo desenlace: el suicido en extranjeras tierras por no soportar la idea de que todo aquello que amamos, desaparezca de las más estridentes formas, y el papel de la historia lo ocupen fanáticos enloquecidos dispuestos a arrumbar todo lo que de bueno tenga la humanidad, hacia la hoguera del exterminio más inverosímil.

El mundo que ya hemos perdido, y del cual testimoniamos sus últimos suspiros, es al mismo tiempo un reto al intelecto como el que sugiere Hegel con su famosa frase: “el búho de Minerva eleva el vuelo al atardecer”, es decir, la razón, obligada por lo inevitable, conjugada con la imaginación, motiva al ingenio que se resiste a perecer. Curioso es que, a la manera de la Atenas Clásica envuelta en la guerra con Esparta, coincide con la gloria de la filosofía socrático-platónica que constituye parte nodal del pensamiento occidental, la decadencia se transforma en el requerimiento vital para perpetuar el recuerdo o, al menos, evitar la extinción a manos de la miseria humana.

Nuestra sociedad se encuentra involucrada en una etapa de tránsito que nos conduce, con incertidumbre, hacia rumbos desconocidos de los que poco podemos decir, aunque la especulación retumbe fuertemente en nuestras conciencias, esperando que de ellas se obtengan las semillas a partir de las cuales florezca un mundo mejor que, sin olvidar su historia, surjan mejores cosas.

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