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El Rey

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Columnas viernes 07 de agosto de 2020 - 01:25

En una monarquía de corte parlamentaria, como en España, el poder ejecutivo se encuentra dividido entre el jefe de gobierno y el jefe del estado. El primero, es un civil que llega a su posición, gracias al poder alcanzado en el parlamento después de las elecciones generales. El jefe del estado es un cargo hereditario, que concentra supremos poderes como la jefatura de las fuerzas armadas. En teoría, ambas figuras mantienen un equilibrio de poder, y frente al poder político del jefe de gobierno, el poder simbólico del jefe de estado no es menor. La fuerza de la figura regia subyace en su prestigio y la capacidad de unificar el país.
Para un sistema político como el mexicano, que nació idealizando el sistema de su vecino, negando todo vestigio de su pasado virreinal, es importante contextualizar, para que las notas no queden como prejuiciados reproches a un sistema político poco estudiado en el país. Una noticia que ha conmovido a la opinión pública española, es el caso de la salida de territorio del reino al viejo monarca Juan Carlos I, por lo inexplicable de la posesión de una serie de recursos monetarios que han terminado por manchar la imagen de la monarquía, hoy al mando de Felipe VI.
La monarquía española contemporánea, surge después de una dictadura ultraconservadora nacida al fin de la guerra civil en 1939, con Francisco Franco al mando. España vivió fracturada desde entonces y atrapada en un universo paralelo de tradición radical militar-católica y el olvido de sus ciudadanos exiliados, siendo muchos de ellos recibidos con orgullo en México. Toda la comunidad de trasterrados en nuestro país, tendrá estos datos perfectamente reconocibles y ellos mismos darán fe de que la España de la dictadura, y el reino de hoy, poco tienen que ver.
Una sociedad integrada plenamente al contexto internacional de todas las maneras posibles: científica, cultural, económica y políticamente. La cuarta economía europea que puede presumir, a pesar de ciertas limitancias de un sistema de justicia con estándares internacionales, en los que nuestro propio país siempre deja mucho que desear. La distribución de la riqueza se pudo relativamente concretar, garantizando el ingreso de gruesos contingentes de la sociedad al escaño de las clases medias ilustradas. Todos sabemos que, sin la presencia del monarca constitucional, eso habría sido imposible.
Don Juan Carlos heredó los plenos poderes del dictador, para entregarlos inmediatamente a un sistema democrático: libertad de prensa, de asociación, de reunión, etc…, inexistentes todos en el último régimen fascista de Occidente, son legado de un monarca caído en desgracia al que hay que reconocerle los beneficios imperecederos a su sociedad, donde ha resurgido un estudio de su legado, más allá de los conflictos acontecidos estos días. Reconozcamos lo que sea digno de respetarse.

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/CR

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