En política, una máxima dice que los acuerdos más relevantes rara vez se anuncian; se construyen y la designación de las nuevas consejerías del Instituto Nacional Electoral, (INE), lo confirma.
Hacia afuera, el proceso se veía empantanado. En la Cámara de Diputados había desacuerdo y la posibilidad de una insaculación comenzó a tomar forma, como lo dejó entrever el presidente de la Junta de Coordinación de la Cámara de Diputados, Ricardo Monreal, de tal suerte, parecía que el desenlace sería mecánico, casi inercial, pero al final no fue así.
En paralelo comenzaron a moverse otras piezas. Interlocución política real, sin micrófonos, y la entrada de operadores con capacidad de tender puentes. Se dice que la ahora secretaria de Elecciones de Morena, Citlalli Hernández, habría intervenido para destrabar una negociación que ya se daba por perdida.
El resultado terminó siendo una fórmula conocida: un hombre y dos mujeres.
Sin embargo, el dato relevante no está en la aritmética, sino en el origen de los perfiles. Las nuevas consejerías del INE no vienen del escaparate mediático ni de la élite central del Instituto. Llegan desde los organismos públicos locales electorales, esto es, desde el trabajo técnico, cotidiano, territorial.
Cabe destacar que el Sistema Nacional de Elecciones, -tan cuestionado en el discurso-, volvió a probar que funciona.
Y mientras eso ocurría en el plano político, en el INE se acomodaban otras variables.
La llegada de Blanca Cruz García, Frida Gómez Puga y Arturo Manuel Chávez López, no fue recibida con estridencias, al contrario. En una reunión matinal, la presidenta del Instituto, Guadalupe Taddei Zavala, los recibió en un desayuno que, más allá del protocolo, dejó ver algo poco común en momentos de transición: disposición. Disposición a construir, a integrarse, a iniciar una etapa sin sobresaltos innecesarios.
Cada quien con su sello. Y al menos dos de los perfiles, con reconocimiento previo en sus respectivos OPLES.
Pero no todo fue terso, ya que hubo intentos de desmarque. Según se sabe, Martín Faz Mora y Rita Bell López Vences, buscaron adelantarse al ritmo institucional, intentando marcar la agenda de bienvenida sin considerar del todo el acuerdo político que dio origen a la nueva integración. Un gesto que no es nuevo.
Lo anterior, forma parte de una inercia conocida: la de quienes han intentado colocar al Consejo General del INE en una lógica de protagonismo individual más que de construcción colegiada.
Pero esta vez no alcanzó porque el contexto es otro ya que la integración responde a un equilibrio distinto y porque hacia adentro, la conducción ha sido clara: primero la institución después las posiciones. Ahí es donde la figura de la presidencia cobra sentido.
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