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Columnas
Uno de los temas que dominó las discusiones en el último Foro Económico Mundial (Davos, para los amigos) fue el de la geopolítica, y más que un problema geopolítico en particular, la convicción de que los analistas financieros y los propios inversionistas, deben considerar, de manera permanente, variables geopolíticas en todos sus diagnósticos y previsiones. Las decisiones políticas estatales nunca dejaron de ser relevantes para la economía global, ni para las economías nacionales, pero por unos años nos convencimos de que sí.
Fue una falacia doctrinal, que partía de una idea clásica liberal, a saber, que mientras más pequeño fuera el Estado, y más grande fuera el Mercado, mejor. Eso implicaba que el primero no tuviese intervención alguna en el funcionamiento del segundo, y en el mejor de los casos, sólo debería existir para proporcionar seguridad patrimonial a las personas (que su propiedad no fuera violentada) y para administrar justicia (garantizar que los pactos se cumplieran, especialmente los acuerdos comerciales). Esta idea se materializó en la realidad con políticas desregulatorias, privatizadoras de empresas y servicios públicos, y la renuncia voluntaria de los gobiernos a cobrarle impuestos a la riqueza, o, mejor dicho, a los ricos.
Ahora bien, fue una falacia porque los Estados ni desaparecieron ni se volvieron un apéndice de los actores económicos, sino que cambiaron su vocación: dejaron de ser o de sentirse siquiera obligados de proveer bienestar a los ciudadanos (para eso sí desaparecieron), pero se convirtieron en protectores de la libre competencia y prestamistas de última instancia para rescatar a los grandes capitales cuando su propia avaricia o estupidez causaba una crisis mayúscula. Esto se hizo a nivel global (como en 2008) y a nivel doméstico (como en el caso mexicano, en 1995). Aún así, el continuo aprendizaje institucional y gubernamental preparó mejor al sistema financiero a resistir los embates periódicos y el sistema como tal – aparentemente- se volvió resistente a los cambios electorales o a las decisiones de un gobierno en particular. Antes, bastaba una declaración irresponsable en algún pasquín para que el dólar subiera vertiginosamente respecto de otra moneda, o para que un presidente latinoamericano tuviese que salir, él mismo, a desmentir rumores o pedir disculpas a quien fuera, de lo que fuera. Ya no es así, o al menos no tanto.
Pero lo que los liberales llaman despectivamente Estado Administrativo (ese que hace más que cuidarlos a ellos), está gradualmente de regreso. Quizás por los efectos de control social de la pandemia, quizás por el efecto pendular de la historia, o quizás por los mediocres resultados del neoliberalismo (que no cumplió nada de lo que prometía, socialmente), pero los últimos años han visto una reivindicación del poder político como conductor de la vida humana, en más ámbitos, incluido el económico. Naturalmente hay escépticos.
Un autor reconocido, Stuart Kirk, escribió hace poco que no hay que tomarse la molestia de aprender mucho de relaciones internacionales, ni de nada ajeno a los indicadores bursátiles de siempre. Disiento. Es cierto una persona común y corriente, y hasta a un empresario común y corriente, de poco le sirve que la bolsa de valores, completa, baje o suba un punto, porque su modo de vida puede estar en la empresa donde trabaja, que sí quebró, o en un sólo giro, que puede estar amenazado por un suceso específico (un restaurante en Líbano o una comercializadora de granos en Ucrania, por ejemplo). La opinión del señor Kirk es la del neoyorkino que sólo tiene contacto con su capuchino y su laptop. Y sirve para explicarnos su visión reducida del mundo, no el mundo en sí.
Los expertos bursátiles viven de prever movimientos a cortísimo plazo (a veces horas o días), porque es en esos pequeños intervalos donde se generan las grandes ganancias y las grandes pérdidas. De nada le sirve a un inversionista saber que en 1939 el mundo ya se había recuperado del crack de 1929; es de hecho bastante idiota ese consuelo. Como corolario, recordaríamos a los incrédulos que la mayor recesión del siglo XXI, la provocada por la crisis pandémica, fue una depresión por diseño, debido estrictamente a decisones políticas. Aunque la causa subyacente era un tema sanitario, las decisiones de cerrar las fronteras, prohibir la movilidad, cerrar las industrias e interrumpir las cadenas de suministro, fueron estrictamente políticas, tomadas por autoridades políticas estatales, con fuerza coercitiva. A estudiar. O a callarse.